Mi refugio

Mi refugio
Alborada

miércoles, 2 de noviembre de 2011

LA CONSCRIPCION


LA CONSCRIPCION


Como estudiante pedí hacer la conscripción un año adelantado, a los 19 y me llamaron de la Escuela de Comunicaciones, en Campo de Mayo. Tal vez fue una premonición ya que luego, gran parte de mi vida tuvo que ver con las comunicaciones. En la Argentina había servicio militar obligatorio, pero los estudiantes teníamos la opción de hacerlo un año antes o dos años después de cumplir los veinte años. Yo cumplí esa obligación adelantada y por tres meses. De entrada me rapó a cero un soldado peluquero, dejándome apenas un jopo. Cuando me miré el espejo quedé desolado. Nos entregaron la ropa de fajina. Nos despertaba un toque de diana a las cinco de la mañana, fuera invierno o verano. Nos daban breves minutos para asearnos; rapidísimo teníamos que estar vestidos y formados. Teníamos un jarro de latón en el que nos servía un mate cocido con leche al que sumábamos un pancito. Después empezaba lo que se llama “orden cerrado” en el campo de la Escuela. Se repetían los saltos de rana, las sentadillas y las carreras. Para los ensayos de marcha teníamos que calzarnos unos pesados zapatones clavando el taco a cada paso. Yo era fuerte y aguantaba bien las exigencias de los suboficiales, y a veces el cuerpo me decía basta, pero no le hacía caso, y continuaba hasta el agotamiento que, generalmente, coincidía con el fin de los ejercicios.
La conscripción no fue una experiencia agradable, aunque reconozco que a muchos jóvenes los ayudaba mucho en su formación y educación. Vi soldados que usaban cubiertos para comer por primera vez y otros que nunca habían usado un cepillo de dientes. Los soldados o los aspirantes, como se nos llamaba a los estudiantes, adquirían buenos hábitos de higiene, orden y gimnasia. Aprendimos a hacernos las camas, tener la ropa prolijamente ordenada y a soportar las duchas de agua fría. A veces nos hacían hacer tareas tontas como barrer y juntar hojas o pintar con cal paredes que no lo necesitaban. Se me ocurrió un chiste que empezó a correr con temor de que llegara a oídos de los suboficiales. Decía que en el ejército todo lo que se mueve se saluda y lo que no se mueve se pinta. Con un compañero, nos comportábamos mal para que, como castigo, nos mandaran a lavar la “morocha” al cercano río Las Conchas. La morocha era una enorme olla en la que se cocinaban los guisos que casi todos los días comíamos. Con el barro de la orilla del río, le quitábamos la grasitud y después le dábamos una buena lavada y enjuague. Esa escapada nos daba ocasión para fumar un cigarrillo, tranquilos, mirando correr el agua, sin que ningún cabo o sargento nos gritara. Soy partidario del servicio militar obligatorio. Suprimirlo fue un error del ex presidente Ménem.

LOS ARBOLES Y LA MUSICA


Terminado el servicio militar, empezamos con papá a plantar árboles en el parque de La Sirena: pinos, araucarias, magnolias, robles, nogales, casuarinas, eucaliptos y otros. Detrás del parque hicimos una plantación de frutales, que pronto nos dieron sus ricos frutos. Teníamos ciruelos, manzanos y muchos cítricos que se adaptaban muy bien al suelo acido de las tierras del Delta. Y al final del parque que circundaba la casa, plantamos un pequeño bosque de cipreses calvos, o taxodium distichum, las únicas coníferas que pierden sus hojas en invierno y que, en otoño, toman hermosos colores dorados. Plantamos dos araucarias imbricata, al frente, a cada lado del camino de entrada a la casa. Eran del grosor de un dedo y hoy, se necesitan tres hombres para poder abrazarlas. No era recomendable descansar a su sombra, porque producían unas piñas de más de un kilo, cada una, que caían sin aviso. Dentro, contenían unas semillas del tamaño de un dátil y Norma las cocinaba, con jugo de naranja, como las habíamos comido en el restaurante de la Isla Victoria, sobre el Lago Nahuel Huapi, en Bariloche.
En la costa del frente, sobre el Canal Arias y en el borde los arroyos Malo y Volcán papá hizo plantar casuarinas, también llamadas pino australiano o árbol de la tristeza. Hoy, algunos tienen más de veinte metros de altura y en sus ramas albergan las hermosas glicinas de ramos azules o los delicados claveles del aire que penden, lánguidos como pájaros mudos. Las casuarinas son muy útiles porque sus raíces forman una pared sólida que defiende la tierra de la costa de la incansable erosión del agua. De la mano de papá y su experiencia comenzó mi atracción por los árboles y las flores. Muchos años después, nuestra hija María heredó ese amor que la llevó a dedicarse apasionadamente a la arquitectura paisajística.
Cuando Oskar Dignoes estuvo en La Sirena le regalé un clavel del aire que se lo llevó a su piso de Madrid. Tardó dos años en aclimatarse a la diferencia estacional en España y al fin, para alborozo de Oskar, volvió a florecer.
 En la isla había armado un equipo de música con un tocadiscos de la época y le había incorporado dos parlantes que irradiaban hacia el jardín. Era admirador de Chopin que fue la primera música clásica que me entusiasmó. Escuchaba los estudios, las polonesas y sus melancólicos nocturnos. Ahora se está recordando el centenario del nacimiento del genial compositor polaco. El estudio opus 10 número 3, llamado “Tristeza” me emocionaba y lo había escuchado tanto que casi sabía sus notas de memoria. Estudié piano por algunos meses con Gladys, hija de una amiga de mamá. Era un morocha, bonita y atractiva que me gustaba y me distraía del piano. No recuerdo muy bien si las clases se interrumpieron porque yo no tuve la voluntad necesaria para afrontar las horas de práctica con los fatigosos estudios del Czerny o ella se cansó de mi acoso. Fue un disgusto para papá que había hecho el esfuerzo de comprarme un piano. También es cierto que después de escuchar Chopin en interpretaciones de un Claudio Arrau o de Malcuzinsky pensé que no tenía sentido perder tiempo en aprender una técnica que en mi nunca llegaría a ser un arte. Mal tocaba la primera parte de “Para Elisa” de Beethoven. Y ahí nos rendimos, profesora y alumno inquieto.
 Papá tenía dichos que no se si los inventaba o los había leído. Por ejemplo: “El que sabe, sabe y el que no sabe es jefe “o “Tiernito, como chicharrón de pescado” o “ El que se quemó con leche, ve una vaca y llora”, o repetía los dichos del astuto viejo Vizcacha, personaje del Martin Fierro de José Hernández, como “Al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen”. Bien aplicados, la gente los festejaba.

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El muelle de La Sirena en un día de creciente.

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Andrea y Normita en La Sirena, 1968       Esquiando en el canal Arias
En La Sirena, invitaba a los amigos y especialmente a las amigas, a caminar por senderos silvestres, hasta donde estaba el cementerio de los indios, de cientos de años atrás, descubierto e identificado por los paleontólogos del Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Se cree que los grupos indígenas Guaraníes y los Chaná son los que habitaban la zona. En ese museo está expuesta una canoa india hecha con un tronco de árbol ahuecado, con mención de La Sirena, que entonces se llamaba quinta Trujillo, por su dueño.
Norma y nuestras Normita y Andrea eran felices en esa quinta. Con Norma hacíamos la huerta, carpiendo la tierra y eligiendo los albardones que son los lugares altos, donde no llegaba la creciente y donde las hortalizas pudieran recibir sus necesarias seis horas de sol. Luchábamos para que los caseros, durante la semana, regaran nuestros almácigos. Todo estaba compensado por el placer de comer en el fin de semana una lechuga o un tomate recién cortado,.
Cuando salí de la conscripción, aunque seguía estudiando, entré a trabajar en la aduana, donde papá pidió mi empleo al director general de aduanas con quien había sido compañero de trabajo. Estaba en la oficina de personal, pero para ganar extras hacía servicios de guarda de aduana en los barcos de carga del puerto. A veces, de doce de la noche a seis de la mañana.
Papá no había terminado la escuela primaria y, desde luego, tampoco la secundaria porque debió trabajar duro desde niño, pero fue un autodidacta. Fue un gran lector. Hizo importante carrera en la aduana y dejó escritos los dos primeros libros que se escribieron en la Argentina sobre el tema. Fueron “Manual del Resguardo” y “Vademécum de la Alcaldía”. Un ejemplar de cada uno, junto a la máquina con la cual papá los escribió, tienen lugar en la biblioteca de María, en su casa de Aspen, Colorado, en USA.
Papá marcaba, subrayaba y comentaba los libros en sus márgenes, mamá y yo también, pero yo ya lo hacía con los marcadores de colores y mi favorito amarillo. Papá tenía una linda letra, pequeña, pareja y muy legible con la que escribió sus memorias.
Mi época estudiantil no estuvo acompañada por muchas fiestas o salidas ruidosas. Bailábamos en el club después de las horas del tenis. A veces compañeras de la facultad organizaban reuniones en sus casas, pero nunca eran a las horas que se acostumbran hoy. Nuestro objetivo tampoco era emborracharnos sino divertirnos sanamente. Respetábamos a las chicas y ni se nos pasaba por la cabeza la idea de hacerle el amor a una chica de familia.

miércoles, 26 de octubre de 2011

LA SIRENA


En 1943 papá compró “La Sirena”. Eran 150 hectáreas sobre el Canal Gobernador Arias, en la primera sección de las islas del Delta del Paraná que al fondo lindaba con el inolvidable arroyo Guayracá de la Alborada y de mi infancia. Tenía una casa en altos, construida en 1919, con tres dormitorios, comedor, baño, cocina y despensa en piso alto y en la planta baja, otra cocina, baño, comedor y un gran patio de cemento colorado. Su propietario había sido un señor Trujillo, proveedor de insumos para el ejército que acostumbraba hacer allí alegres fiestas para sus clientes. La casa, el parque y toda la propiedad estaban abandonados. Donde alguna vez hubo césped, era un pastizal enmarañado. El casero era Miguel Sulmone un locuaz italiano, bajo y rechoncho pero fuerte. Los herederos de Trujillo, sus hijos, vivían en París y por meses no le pagaban el sueldo ni visitaban la isla. Don Miguel subsistía de su huerta, los huevos de algunas gallinas y las pocas frutas que aún se daban. Sin embargo siempre tenía algunos pesos para comprar el vino que ponía en una especie de mamadera improvisada en una botella chica de alcohol a la que le había insertado en la boca un carretel de hilo vacío. Y le funcionaba bien.
Papá y mamá hacían sus propias huertas en La Sirena, separadas y con candado; cada uno cultivaba la suya, para no pelearse. Celaban a ver quién obtenía los mejores tomates o las chauchas y las arvejas más suculentas. Papá era fanático de sus tomateras y mamá de las habas con sus granos gordos y tiernitos que comíamos crudos.. Muchos años después, estando en Génova con Norma descubrimos que las habas con salamín y vino eran un aperitivo preferido.
La Sirena fue escenario de diversiones, aventuras y exhibiciones atrevidas que a mí me encantaban, como subirme al techo del muelle y desde allí zambullir, para susto de mamá que siempre me retaba. Vivíamos en esa isla tranquilos veranos de chicharras que a la hora de la siesta nos cantaban sin cesar.
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Zambullida

Los primeros compradores de lotes que papa había puesto en venta fueron dos españoles, gallegos, amigos de papa y muy queridos .Cuando aun no habían construido sus casas papa los invitaba y pasaban algunos fines de semana con nosotros. Eran José Terrón y su señora Ramona y José Corsino y su señora Lita. Eran simpáticos, y divertidos y lo pasábamos muy bien con ellos. Algunos sábados también venia mi tío Raúl, el menor de los hermanos de papa. Era alegre y pícaro. Cuando Lita Corsino subía a una escalera de tres patas para juntar peras maduras de un viejo y alto peral, tío Raúl le tenía la escalera y con esa excusa le miraba las piernas y algo más. El había cambiado un dicho popular que decía :.”Dime con quién andas y te diré quien eres”. Decía : “Dime con quién andas y si esta buena me la mandas”.
 Papá, ya jubilado, se había entregado a la lucha en favor de los intereses y necesidades de los pequeños productores isleños. Había sido electo presidente del Consejo Permanente de Productores Isleños. El vocero de esas inquietudes era el periódico “Delta” que dirigían sus fundadores, una pareja de inmigrantes intelectuales húngaros, Sandor y Rosa Mickler. Todos los fines de semana recorrían los ríos y arroyos del Delta del Paraná en su modesto lanchón “El Junco”, levantaban noticias, hacían reportajes y tomaban suscripciones al periódico A veces, papá los acompañaba. El 31 de octubre, cada año, se celebraba la fiesta de los isleños que coincidía con la reunión de los congresos de productores. Poco antes de que los montoneros lo asesinaran el presidente Eugenio Aramburu, concurrió a la celebración que realizaba en el recreo Crovetto [1],esquina del Paraná de las Palmas y el canal gobernador Arias y felicitó a papá por el trabajo de los isleños.
El presidente Eugenio Aramburu saluda a papa al terminar su discurso.
Al año siguiente del fallecimiento de papá la Intendencia de Tigre puso el nombre de Antonio María Seoane al Canal 5 que desemboca en el Canal Gobernador de la Serena


[1] En un dormitorio del recreo Crovetto se suicido el poeta Leopoldo Lugones.

miércoles, 9 de marzo de 2011

OLIVOS

Llegó el momento de empezar el colegio secundario. Mamá había intentado hacerme ingresar como cadete en el Liceo Naval, pero por culpa de un décimo menos de visión en el ojo izquierdo, solamente me admitían como cadete del cuerpo de ingenieros y como las matemáticas no eran mi fuerte, desistimos. En esa época vivíamos en Olivos, partido de Vicente López que limita con la Capital Federal. Me inscribí en el Colegio Nacional de San Isidro, un tradicional colegio de la zona      
Todas las mañanas, en la esquina de casa, subía a un colectivo de la línea 60, que aun existe y que me dejaba a tres cuadras del colegio. Más tarde, estando ya en la Facultad de Derecho, cuando mi militancia en la dirigencia estudiantil me entretenía hasta muy tarde, cansado, me dormía en el viaje y despertaba en la terminal del Tigre. Viajaba media hora de más y otro tanto para volver. A la madrugada siempre me tomaba un café de despedida, con los amigos, en la esquina de Pueyredón y Las Heras. No me quitaba el sueño, como suele pasarme ahora.
Un compañero de clase, vecino de Olivos, me invitó a ir a su club. A unas veinte cuadras de casa. Era el Olivos Rugby Club. Presencié un entrenamiento, me entusiasmé y a los pocos días estaba jugando en la quinta división. Como no era de cuerpo grande, aunque fuerte, me pusieron de hooker, donde me colgaba de los hombros de los dos pilares. Un día el hooker del equipo contrario me pegó un rodillazo en la frente, que me dejó un rato desmayado. Fué sin intención, porque el rugby en esa época mía era de total nobleza, no se concebía la mala intención. Jugué en varias posiciones, inclusive de forward libre, en lo que se llamaba la formación africana. Tuve varios golpes más, pero ninguno grave. Fue una buena experiencia de equipo y vivimos una linda amistad. En el Olivos Rugby Club conocí Carlos Arana, un directivo del club y también dirigente del sector intransigente en el comité de la Unión Cívica Radical de Vicente López. De su mano me incorporé al comité de la juventud donde al poco tiempo fui secretario general. Fuimos amigos muchos años. Para todos era Carlitos, un vecino querido del barrio de Olivos, siempre listo para dar una mano a quien lo necesitara.
Mamá cultivaba un jardín donde ejercitaba sus habilidades. Ella no era de salir, amaba su casa y sus plantas; tenía dos árboles de palta que después de diez años habían comenzado a producir grandes frutos, que nunca alcanzábamos a comer y mamá regalaba a los vecinos. También tenía un limonero que dio sus frutos por muchos años y cuando enfermó y hubo que cortarlo, mamá le escribió un sentido verso de despedida que guardo con amor. Mamá era inteligente. Si en lugar de las alejadas islas hubiera vivido en un lugar con acceso a la educación tal vez hubiera sido algo más que buena esposa, buena madre y eficiente ama de casa como lo fue. Dentro de sus muchas tareas, era bastante lectora y le gustaba decirme cosas lindas. Opinaba sobre el amor y un día, allá por mis veinte años me dijo: -“El amor nace con una sonrisa, crece con un beso y acaba con una lágrima” nunca olvide sus palabras. Le encantaban los higos. Su infancia en la isla tuvo varias higueras de frutos negros, color borra vino o verdes dorados, con gota de miel. Una mañana desperté con un verso de la exquisita poeta uruguaya Juana de Ibarburu sobre mi mesa de luz: “La Higuera” Ella lo había copiado con paciencia para mí.




La Higuera

Porque es áspera y fea,
Porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
en mi quinta hay cien arboles bellos,
Ciruelos redondos, limoneros rectos
Y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras
 todos ellos se cubren de flores
entorno a la higuera
y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos, que nunca
 de apretados capullos se visten.

Por eso, cada vez que paso a su lado
digo, procurando hacer dulce y
alegre mi acento:
es la higuera el más bello
de los arboles todos del huerto.

Si ella escucha, si comprende el
idioma en que hablo
¡Qué dulzura tan honda hará sido
en su alma sensible de árbol.
y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
hoy a mí, me dijeron hermosa!

Gobernaba el país el partido conservador. El presidente Roberto Ortiz, con quién papá simpatizaba y para quién había trabajado en las elecciones enfermó, renunció y lo sucedió Ramón Castillo, conservador. En la provincia de Buenos Aires, gracias al fraude, gobernaba Fresco, con el lema “Dios, Patria y Familia” Las fechas patrias del 25 de mayo y 9 de julio eran motivo de concentraciones escolares, actos, discursos y la misa. Precisamente en una misa en el pueblo de San Miguel, cabecera de Bella Vista, donde estaba mi colegio, viví un hecho desagradable. La maestra me retó y castigó, acusándome de estar conversando y riendo durante la celebración. No había sido yo, sino un chico a mi lado, al que, desde luego, no delaté. Fue mi primer encuentro con la injusticia. Hoy hay nostalgia por esas épocas en que alguien llamó la década infame pero cuando la honradez era la norma y la corrupción la excepción. El Doctor Ramón Castillo riojano, subió pobre a la presidencia de la república y aún más pobre la dejó. Tiempo después otro presidente riojano no siguió su ejemplo.
El colegio secundario comprendía cinco años y teníamos cuatro cursos de inglés, tres de francés y uno de italiano. Me encantaban los idiomas, historia, geografía, castellano y literatura. No era el mejor alumno, pero si estaba siempre entre los primeros. Era bueno en ejercicios físicos y remaba en el bote de cuatro remos largos con el que salimos segundos en las regatas intercolegiales de 1939. Nos entrenábamos en el rio Lujan, en el Tigre, con botes del Rowing Club Argentino, de 6 a 7 de la mañana, que en invierno aún era noche y a las 8 entrábamos al colegio.
En la quinta del Tigre me gustaba manejar un hacha grande y pesada que papá me había enseñado a usar. Caminando por el borde una zanja, resbalé y el hacha que llevaba al hombro se deslizó y clavó su punta más aguda, en el costado izquierdo de mi nunca. Salía sangre a borbotones. Corrí a la casa donde sólo estaba mamá. Era domingo, pero conseguimos que un amable vecino nos llevara con su lancha a la ciudad, a toda velocidad. En el hospital de Tigre no nos pudieron atender, mamá se enojó y seguimos en el taxi al hospital de Vicente López., En medio de su angustia mamá me daba ánimos y yo apretaba el pañuelo contra la herida tratando de parar la sangre. Me cosieron con varios puntos y me vendaron muy bien. El médico me dijo que tuve suerte porque el corte fue muy cerca de la vena cava que podría haber sido mortal. Dios me protegió porque seguramente sabía que yo tenía por delante, algunas cosas que hacer. Al día siguiente, bien vendado, pude ir al colegio.
Era el comienzo de la segunda guerra mundial. En los recreos nos peleábamos los partidarios de los aliados con los simpatizantes del eje Alemania-Italia. La caída de Paris en manos de los aliados que la liberaron fue una fiesta inolvidable. Buenos Aires reía y lloraba de emoción. De esa época recuerdo una frase de Churchill al que admirábamos: “Nunca en el campo de los conflictos humanos tantos le debieron tanto a tan pocos”. Con el paso del tiempo refirmé mi idea de que Churchill fue el hombre más extraordinario del siglo.”
En el quinto y último año me descarrié y falté a clase muchas veces, especialmente en primavera, para irme con otros compañeros a nadar o a pescar en la costa del rio, así que, por ausencias, quedé como alumno libre. Mama me protegía y siempre cubrió mis faltas porque papá era bastante severo. Para terminar el bachillerato logré entrar a un famoso colegio de curas, el Carmen Arriola de Marín, también en San Isidro. Aprobé todos los exámenes, menos italiano, porque la profesora me castigó por mirarle las piernas insistentemente. Era joven y linda y yo ya tenía buen gusto y las hormonas hirviendo. Me preparé bien durante el verano y en marzo y ella misma me aprobó con nota sobresaliente. Me recibí de bachiller, con un buen promedio de calificaciones.
Un arquitecto vecino me ofreció trabajo en su estudio, a dos cuadras de casa. Cuando pasó el primer mes y no me había pagado mamá me acompañó para reclamarle. El arquitecto fue a su dormitorio y trajo un blazer azul, usado, y me lo dio como pago. Mamá se disgustó mucho y no volví a trabajar para el arquitecto. Sin embargo a esos días que me dejaban muchas horas libres en el estudio del arquitecto, les debo haber leído los varios tomos de “Juan Cristóbal”, de Romain Rolland que encontré, empolvados, en un estante. Fue una lectura apasionante de esos años jóvenes.
Mamá había construido, al frente de la casa de Olivos, una pequeña despensa “Delicity” que ella misma atendía. Cuando yo regresaba del colegio nacional, después de almorzar, salía con mis doce años y una canasta bajo el brazo, a entregar los pedidos en el barrio. Lo hacía con buen humor y alegría, contento de ayudar a mamá.
Había terminado el secundario, no sabía qué carrera estudiar, no tenía vocación definida y mis padres me apuraban. Aun usaba pantalones cortos, pero me ponía unos largos blancos, para poder entrar al café de la esquina de mi barrio, y jugar al billar con los amigos. Jugaba bien y a veces con los mayores. Uno de ellos era policía retirado, guarda espalda del intendente conservador de Vicente López, Roberto Uzal y cuando había elecciones me llevaba en su auto a repartir empanadas a los fiscales del partido.
Yo era un poco piropeador en esos años en que valía la originalidad y no la grosería. Siempre me ganaba una sonrisa, cuando les decía:”- ¿Te lastimaste cuando te caíste del cielo?”
La primera vez que fui a un baile acompañando a mis primos de la isla fue al Club Tigre. Tocaba la orquesta de Francisco Canaro y al piano estaba un joven de jopo que se llamaba Mariano Mores. Era la época de las típicas y el jazz. Había también una orquesta de moda, muy divertida, que llamaban “característica” y que dirigía Feliciano Brunelli. Su tema de más éxito era “Barrilito”: Barrilito lleno de licor”… Las orquestas tenían público que bailaba y público que se paraba frente al escenario a escuchar, especialmente cuando actuaban las orquestas típicas con sus cantores. Era la la década de los cuarenta y cincuenta, época de los Fiorentino[1], Marino[2], Castillo,[3] Rivero[4], Vargas[5] y otros. Eran como héroes, admirados y aplaudidos. Los mediodías de la radio eran dominados por el “Glostora Tango Club” en radio El Mundo, donde cada día actuaban diferentes orquestas típicas Con suerte, se conseguía entrada para presenciar la actuación en el “auditorio”.
Un compañero se había anotado en la carrera de odontología y casi lo sigo. Yo, dentista? Con todo respeto por estos profesionales, me da risa. Nada que ver conmigo. Otro amigo, el gordo Gonzáles Zaín se había inscripto en derecho. Y como a mí me gustaba la política y todo lo que fuera humanidades, allí fui.
Aprobé las cuatro materias del examen de ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Un imponente edificio gótico en la avenida Las Heras, casi Pueyrredón. Era obligatorio usar saco y corbata. Concurríamos a las clases y después estudiábamos en la hermosa biblioteca, en un silencio casi religioso, custodiados por los bedeles. Tuve recordados profesores de renombre internacional .Brillantes intelectuales como Lucio Moreno Quinta, derecho internacional público; Matías Sánchez Sorondo, Derecho Constitucional; William D. Cook y Carlos Moyano Llerena, Economía Política; Rafael Bielsa, Derecho Administrativo. A Cook, ideólogo peronista, recuerdo que le descubrimos una pequeña trampita. Resulta que fumaba dando la clase, pero un día dejo el atado olvidado en el escritorio y vimos que dentro del atado de los baratos “Arizona” tenía los caros “Lucky Strike”. Nos reímos sin maldad, porque todavía éramos ingenuos para criticar ese disimulo populista. Bielsa era admirable. Recuerdo: sus lecciones “Las costumbres son fuente de derecho, pero las malas costumbres no pueden ser fuente de derecho”. Se aplica hoy, no?
 En la facultad conocí a quien sería mi más querido e inolvidable amigo de la juventud Federico Paz Anchorena. Teníamos dos lindas amigas que vivían en un departamento, sobre la Avenida Las Heras, justo enfrente del aula de primer año de la facultad. Desde la ventana del segundo piso veíamos quien estaba danto examen y como teníamos la lista sabíamos cuando faltaba poco para que nos llamaran. Nos divertíamos pero teníamos todo bajo control. Inolvidable querido Freddy ¡


[1] Francisco Fiorentino, cantor de Aníbal Troilo.
[2] Alberto Marino, La Voz de Oro del Tango, con Aníbal Troilo
[3] Alberto Castillo, una voz diferente con cadencia rea.
[4] Edmundo Rivero, guitarrista, compositor y cantante con Troilo y otros.
[5] Angel Vargas, típico cantor de orquesta, con Angel DAgostino.