Mi refugio

Mi refugio
Alborada

sábado, 15 de diciembre de 2012


MARIA ANDREA


María Andrea no se había quedado atrás en el fracaso matrimonial. Al poco tiempo que llegamos a USA, tuvo un pequeño accidente en Miami, con el auto que conducía mi empleado Ernesto Novarín. Después de ese susto, lamentablemente, decidió volverse a Buenos Aires, a nuestro departamento de Coronel Díaz. Nunca debimos permitírselo; fue un gran error mío y de Norma. Tal vez su vida hubiera tenido otro curso si se hubiera quedado con nosotros en Miami. En Buenos Aires, conoció a Jorge Labrouse, un don nadie, engominado al estilo Gardel. Un muchacho de familia humilde, sin estudios ni trabajo, pero con delirios de grandeza. Quedó embarazada. Fue un gran disgusto para nosotros. Se casaron y les compramos un pequeño departamento en el barrio de Belgrano.

En esa época yo obtuve mi jubilación y cobré una buena suma por retroactividad, Labrouse me pidió un préstamo para poner un negocio en el mercado de frutos. Creo que algo me devolvió, pero todavía estoy esperando por el resto. Al poco tiempo nació Santiago, nuestro primer nieto; un rubio, sano y hermoso.
 
                                                                Jugando con Santiago 

La pareja de Andrea y Jorge no duró mucho. Se divorciaron y Andrea quedó otra vez sola. Después conoció a Alejandro Raimondi, un rubio buen mozo y de buena familia, pero casado y también sin profesión.

Alejandro era simpático e inteligente y hubiera podido tener éxito en cualquier actividad, aceptando empezar de abajo, pero se sentía gerente o director o planeaba negocios que no se dieron. El día que nació Sebastian el padre no estaba y la enfermera lo trajo a mis brazos porque creyó que yo era el padre. Era un hermoso niño, rubio y sano.

Andrea, con Santiago y Sebastián, seguían viviendo en nuestro departamento de Coronel Díaz. Cuando Andrea tenía algún problema con los chicos, el que aparecía y ayudaba era Labrousse, el papá de Santiago. Raimondi reconoció a Sebastián recién cuatro años más tarde. Desde entonces y hasta hoy, Andrea, sus hijos y todos los gastos de su casa estuvieron a nuestro cargo, con la excepción de algunas modestas y esporádicas colaboraciones de parte de Labrousse o Raimondi. Andrea no tuvo suerte con sus dos parejas, Al cual peor. Sus hijos son para Andrea la razón más valedera de su vida

 
                                            Con Sebastián y Santiago

La relación de la pareja Andrea y Alejandro se deterioraba cada vez más. Para entonces la familia Raimondi, el recordado y querido Perico y Teté, padres de Alejandro, habían vendido su hermoso chalet en la Avenida Federico Lacroze y a instancias de Alejandro habían comprado un departamento en el mismo edificio de Andrea, en el cuarto piso, en la calle Moldes entre Pampa y Sucre. Andrea tenía el séptimo piso. Esa mudanza lo entristeció mucho a Perico y poco después enfermó y falleció. Le ofrecí a Andrea mudarse a otra propiedad, pero no quiso. El edificio tenía un encargado muy eficiente que era chileno, Roberto Williams. Culto, amable, y además excepcionalmente buena persona que seguía de cerca los problemas de Andrea y estaba siempre dispuesto para darle una mano. Nosotros le estamos agradecidos y lo consideramos un amigo, así como a su mujer y sus hijas.

En esa época de desencuentro de la pareja Andrea y Alejandro, nació el tercer niño. Le propusimos a Andrea llamarlo Lucas por el autor de uno de los Evangelios del Nuevo Testamento y Pablo, por el Papa polaco al que admirábamos. Tal vez esos nombres iban a acompañar la vida feliz que le deseábamos. Después supe que Lucas, en hebreo significa “el que dice cosas dulces”. La relación de Andrea y Alejandro Raimondi era pésima hasta que, finalmente, Andrea le pidió a Alejandro que dejara el departamento.


                                                      Con la familia Raimondi

Un desgraciado accidente ensombreció aun más la vida de la familia Raimondi. El hijo del primer matrimonio de Alejando falleció en un absurdo accidente de tránsito.


Estaba en el auto de un amigo, esperando la luz verde del semáforo cuando otro automóvil, con un conductor alcoholizado, entró con luz roja y los embistió. Alejandrito tenía diecisiete años y era un joven encantador, inteligente, estudioso y deportista, Fue un impacto demoledor para todos del que nunca se repusieron. Desde luego que incidió también en la relación de Andrea con Alejandro. Lucas que crecía alegre y feliz, muy apegado a su abuela Tete, también acuso el golpe. Le gustaban las hierbas y las flores y plantaba y cuidaba de ellas en el balcón de la abuela. Era un niño muy sensible y la mala relación entre los padres y la pérdida de su medio hermano a quien quería mucho comenzó a afectarlo y a ponerlo triste. Notamos alarmados, ese cambio.                   
 
Sebastián Mario

                                                                         Lucas
 

 

Andrea tuvo el merito de salir adelante con la crianza de sus tres varones, sin el suficiente apoyo, espiritual y económico de los padres. Buenos Aires, con sus riesgos, tentaciones y malas compañías es un gran riesgo. Santiago, el mayor no siguió estudiando pero es experto en computación y tiene un buen empleo en el congreso de la nación. Sebastian estudia Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires y además tiene un estudio de fotos y video, con muy buen sentido artístico, Lucas el menor, tiene algunas dificultades de aprendizaje, pero está terminando su estudio secundario y le gustaría ser Chef.

miércoles, 12 de diciembre de 2012


REVISTA “ESTO ES”


 

Durante los años de Montevideo del exilio en Montevideo yo escribía artículos periodísticos para la Revista “Esto Es” de Buenos Aires, que pertenecía al abogado, Dr. Tulio Jacovella. Lo hacía con el seudónimo de Mariano Acebal a fin de no comprometer al amigo empresario dueño de la publicación. En función de esa tarea había conocido e iniciado amistad con el gran artista uruguayo Carlos Páez Vilaró. Le hice una amplia nota de varias páginas que según Carlos le abrió las puertas de Buenos Aires. Era un apasionado de los históricos negros lubolos del tradicional barrio de Palermo, en Montevideo. Salía con ellos en los carnavales, castigando con mano dura su propio tamboril arrancándole esas notas rítmicas que se suman a otras lonjas templadas definiendo la personalidad de cada comparsa. Cada barrio tiene su estilo que identifica al grupo con el vaivén de sus bailarinas y el despliegue de sus banderas y sus trofeos. Carlos Páez Vilaró, Carlitos, personaje inolvidable que fue un privilegio conocer. Me regaló varios dibujos de la serie de candombes que llevé a una galería frente a la Plaza Cagancha de Montevideo para que me las encuadraran. Después, vino la revolución, nos fuimos a Buenos Aires y en el torbellino de esos meses, por un tiempo, olvidé las láminas. Cuando con Norma, en un viaje de Navidad a Montevideo, pretendimos retirarlas, no las tenían ni las recordaban. Cómo no tenía un recibo porque había confiado en la honestidad del negocio, las perdí. Creo que fueron deshonestos. Lo sentí mucho, no se podían repetir.

Con Carlos nos volvimos a ver muchas veces, tengo cariño y la más profunda admiración por él y pienso que es uno de los grandes embajadores sin cargo, que tiene Uruguay. Lo sumo a otro gran admirado, también desde hace muchos años: Carlos Maggi. A Maggi tuve el placer de conocerlo y tratarlo, allá por el año 56 cuando a veces tomábamos café, con mi compatriota Augusto Bonardo, en un bar de la Avenida 18 de Julio, al lado de Radio Ariel que pertenecía al ex presidente Luis Batlle Berres. Allí se juntaban además de Maggi, Jorge Batlle, Maneco Flores Mora y otros de la lista 15 del partido colorado.
 
Carlos Páez Vilaró

El director de “Esto Es”, Dr. Tulio Jacovella, me pidió que le hiciera un reportaje a don Luis Alberto de Herrera, el patriarca líder del partido blanco. Me sobresalté. Herrera era el último gran caudillo del Río de la Plata, un personaje casi místico del Uruguay. Le pedí ayuda a Flores Mora y con él armamos las preguntas y el desarrollo de la entrevista. Fue una nota amplia, muy bien comentada, incluso por don Luis Alberto que me hizo llegar un cálido saludo.

 


MI NORMA


 

Un día que me acerqué a la sala de dirección donde trabajaba Omar de Feo, me encontré de pronto con una niña hermosa, delicada y elegante, sentada y luchando frente a una máquina de escribir con la que no conseguía hacer amistad. A su lado un cesto lleno de hojas de papel y carbónicos arrugados. Recuerdo como hoy ese momento Vestía un trajecito dos piezas, color gris y una blusa blanca de encajes, cerrada y recatada. La saludé y me respondió tímidamente. Se llamaba Norma. No pensé que esa personita, pocos años después iba a ser mi mujer y mi amor para siempre. Algo empezó a cantar en mi corazón.

Leyendo a Saramago un día encontré una frase que sentí mía: ”Eran como dos seres que en el exacto momento en que finalmente se encontraron comprendieron que se habían estado buscando”. Me atreví a invitarla a tomar el té cuando terminaba su trabajo y aceptó. Fuimos a una esquina clásica de Montevideo que era la Confitería “Oro del Rhin”. La invitación se repitió muchas veces. Le encantaba la torta de frutilla y siempre disfrutaba de abundante porción que equivalía a un día de mi sueldo, mientras yo alegaba falta de apetito para disimular mi falta de dinero. Conversábamos de política, de cine y de poesía. Me contaba de su familia, de su mamá con ancestros portugueses y criollos y de su papá, Bianchi, de origen italiano, general del ejército uruguayo y un oficial prestigioso y brillante que siempre ascendió por concurso y fue condecorado con la Legión de Honor por Francia y por otros países Norma había vivido con su familia en Francia y España donde el general había sido agregado militar durante la segunda guerra mundial.

Cuando conocí a Norma recién habían llegado de Washington después de otra misión diplomática Algunos días ella venía a la radio en el auto del padre, un imponente Mércury negro, último modelo. Otros días yo la acompañaba caminando y conversando, hasta su casa en el Boulevard Artigas, muy cerca de lo que es hoy la Estación de Tres Cruces. Toda esa vasta área había pertenecido al bisabuelo de Norma, don Indalecio Perdomo. Aún existe la hermosa mansión estilo español, de dos plantas y una gran pérgola, construida por el arquitecto catalán Villamajó.

Le regalé el primer libro: “Toi et Moi” de Paul Geraldy, en francés, que yo había traído de París y mamá, muy oportuna, me lo había mandado de Buenos Aires. Norma había estudiado en el Liceo francés y vivido en Francia, y dominaba el idioma.

En esa época yo siempre andaba con un libro bajo el brazo y todo momento era bueno para leer aunque fuera un párrafo. Leía a los clásicos españoles, Garcilaso de la Vega, Valle Inclán, Espronceda y a los poetas García Lorca, Machado y Rafael Alberti y a los franceses Jean Paul Sastre, Camus, Valery y a todos los poetas argentinos Sacaba libros de la biblioteca popular. Leí “El Embrujo de Sevilla” del gran escritor uruguayo Carlos Reyles, a mi juicio no suficientemente valorado. Me fascinó y fue una de las mejores páginas que leí nunca sobre la mágica Sevilla

Un día, cuando estábamos llegando a su casa, Normita me invitó a entrar y conocer a su familia. Acepte sin titubear. Una decisión que iba ser decisiva en mi vida. La primera en darme una amable bienvenida fue su mamá, Serafina Stilita Perdomo de Bianchi, una dama refinada y elegante. Era el mes de noviembre de 1950. A esa primera visita formal siguieron muchas otras, casi diarias, con cena incluida. Conocí al general, sencillo, cálido y simpatizante de mi causa antiperonista. Nos caímos bien mutuamente. Otras hermanas eran Mabel, de novia con Roberto Iglesias, buen mozo, deportista y estudiante de arquitectura y la hermanita más chica de la familia, una rubia graciosa que se llamaba Martha.

En otra oportunidad fui presentado a la abuela ya anciana y en silla de ruedas y muy cariñosa conmigo, patriarca de la familia Después, a la hermana mayor Nelly, recién casada con un oficial de la Fuerza Aérea. Finalmente conocí a la última habitante de la casa, hermana menor de la mamá de Norma. Nunca supe su nombre de pila, pero la llamaban Chita. Era flaquita, bajita y más bien fea. Nunca la vi comer; pero siempre estaba tomando Coca Cola. Tenía épocas depresivas. Una vez intentó suicidarse y se tiró de la ventana de su cuarto en el segundo piso, pero tuvo la precaución de caer sobre un frondoso hibisco que amortiguó su caída. Era un extraño personaje; como una sombra que pululaba por la casa sin ruido. También había tías. Simpaticé con una que llamaban “Nena”, muy católica. Había ido a un congreso de peregrinación en la India y se había impresionado tanto con la pobreza y la suciedad que entró en una depresión de la que pocas veces salía. Se había casado con un pintor uruguayo Orestes que vivía en Rio de Janeiro y allá se fue con él. Los visitamos en un viaje que fuimos en auto, desde Montevideo, con Norma, Nelly y sus dos chicos, Alberto y Mariano. Lo pasamos muy bien. Era carnaval, fuimos al desfile callejero porque todavía no estaba construido el sambódromo. Fue el año en que la canción temática fue “Tristeza”: “Tristeza nao tem fin, felicidade sim”. Orestes era un maniático de la limpieza; cuando salíamos de la playa, antes de subir al auto, nos cepillaba los pies para sacarnos la arena.

Silvana Pampanini .[1]

 Mi trabajo en la radio crecía. Además de los noticieros hacia un microprograma para Viajes COT y otra media hora de comentarios de cine. Ese programa me avergonzaba bastante porque era pagado por un distribuidor, de modo que la crítica a sus películas, siempre debía ser buena. Me pagaban bien, lo necesitaba, pero me hubiera gustado opinar con libertad. También hacía otras extras. Una noche tuve que transmitir el desfile de carnaval por Radio la Voz del Aire. Del carnaval uruguayo yo no sabía nada pero con la ayuda de recortes de diarios y asesoramiento de algunos que si sabían, me las arreglaba aceptablemente. Otras noches retransmitía teatro. Mi labor era la presentación de la obra, sus actores y personajes y luego estar atento al desarrollo de la acción porque cuando se producía algún largo silencio, tenía que llenarlo con algún comentario pertinente

Lo máximo fue cuando mi protector y amigo Enrique De Feo, subdirector de las dos radios, siempre queriendo ayudarme, me encargó nada menos que el comentario del acto de asunción de las autoridades del primer gobierno colegiado del Uruguay que encabezó el Dr. Martínez Trueba. Al principio me sentí aterrado por esa responsabilidad, pero después, con la audacia que no me faltaba, me largué al ruedo. Leí todo lo que estaba a mi alcance, hablé con amigos politizados, busqué fotos para conocer las caras y salí adelante, usando mi voz más seria y un poquito impostada. Debe haberlo hecho bien porque ni el gobierno ni nadie se quejaron. Yo siempre le pedía a Norma que me escuchara y me criticara, pero ella, enamorada, siempre me felicitaba.

 

DESCUBRIMIENTO DE PUNTA DEL ESTE


 

Me asignaron la conducción para radio Carve del Primer Festival internacional de Cine de Punta del Este, creado por el gran Mauricio Litman, responsable de la primera puesta en valor internacional del gran balneario uruguayo. Se realizó en las instalaciones del Cantegril County Club y me acompañaron en la transmisión Cristina Morán y Américo Torres. El cine mundial se dio cita en Punta del Este y por primera vez en Sudamérica. Llegaron grandes figuras como Walter Pidgeon, Gerard Phillipe, Jean Fontaine, Silvana Pampanini, Ricardo Montalbán, Mirtha Legrand, Luis Sandrini, Odile Versois y otros. Inauguró el certamen el presidente de Uruguay, Luis Batlle Berres.

Punta del Este era un pueblo que recién empezaba a crecer. Las únicas calles asfaltadas eran Gorlero, la avenida Roosvelt que era angosta y el camino que llevaba a la Barra de Maldonado. La playa de la Olla ya tenía ese nombre y enfrente se levantaba el edificio que conocimos como el edificio de los árabes. Recién se había inaugurado el hotel San Rafael con casino y de ahí hasta La Barra eran arenales despoblados. En la Barra no había hoteles y el único restaurante era el modesto Pepe Corvina.

En el hotel San Rafael funcionaba la “boite” Le Carrouselle” y cantaba Dick Farney. Uno de los días del festival le hice una nota periodística para radio Carve a Mirtha Legrand y la envié a Montevideo. Pero el departamento comercial de la radio tuvo la ocurrencia de venderla sin conocimiento ni el permiso de Mirtha. Se irradió en un horario central como : “Máquinas de coser Singer presentan a Mirtha Legrand ¡” La joven Mirtha se enteró e hizo el gran escándalo acusándome a mí del hecho y haciéndome responsable. Desde entonces cada vez que nos encontrábamos y delante de quien fuera, no vacilaba en señalarme y acusarme en voz alta. Su queja era razonable, pero no era mi culpa. Sería porque no participó de la venta?

En el exilio montevideano habíamos hombres de todos los ámbitos de la vida argentina: empresarios, militares de las tres armas, profesionales estudiantes, sindicalistas y políticos. La mayoría solteros, pero algunos con sus esposas o parejas. En el comedor del diario “El Día” que generosamente nos abría sus puertas al precio de sus propios trabajadores, nos encontrábamos casi diariamente, en una mesa grande, con el ex diputado Agustín Rodríguez Araya, recordado denunciante de la mafia de la lotería con los “niños” cantores; con Jesús Fernandez, ex presidente del poderoso gremio de la fraternidad ferroviaria, otros sindicalistas y varios otros hambrientos compañeros exilados. Eran mediodías de amable intimidad con el tema recurrente de las noticias de Buenos Aires. Entre todos los exilados vivíamos en una atmósfera de mutua simpatía, el sentimiento que une a aquellos que comparten la misma idea o la misma lucha política.



[1] Silvana Pampanini, ex Miss Italia. Actriz cinematográfica de los años cuarenta y cincuenta entre otras películas filmó Esclava del Pecado y La Bella de Roma.
 

miércoles, 14 de marzo de 2012

URUGUAY - EXILIO y LA RADIO

URUGUAY - EXILIO


Al fin llegamos a unos juncales que anunciaban la costa uruguaya. Nos aprestábamos a desembarcar cuando alguien nos día la voz de alto. Una sombra corpulenta con botas y escopeta preguntó quiénes éramos y que hacíamos. Ramón, tranquilo, le explicó que veníamos de parte del Sr. Nogueira y que éramos jóvenes estudiantes argentinos que buscábamos refugio Entonces la sombra se hizo hombre y nos dio la mano con una cordial bienvenida que nos sonó a gloria. Así nos recibía Uruguay! Nos explicó como cruzar el campo para llegar a la carretera principal. Nos despedimos agradecidos del valiente Ramón y le prometimos un corderito al hombre de la escopeta. Era de madrugada, pero aún oscuro.
Empezamos a caminar por el campo, sorteando pozos y zanjas, cruzando alambrados y esperando que los perros que ladraban a lo lejos no vinieran hacia nosotros. Al fin llegamos a la carretera. Lo primero que hicimos, temblando de frío, fue despojarnos del saco y el sobretodo y retorcerlos tratando de enjugarles el agua, sin mucho éxito, pero igual volvimos a vestirnos. Otra vez nos pusimos a caminar con la esperanza de encontrar un lugar donde secarnos y tomar algo caliente. Después de larga caminata que nos ayudó a entrar en calor, llegamos a un típico boliche del camino. Nos miraron con extrañeza y nos dijeron que estábamos cerca de la ciudad de Paysandú. Nos lavamos y arreglamos lo mejor posible y nos sentamos a descansar mientras saboreábamos con fruición un café con leche con galletas .Estábamos felices, nos sentíamos seguros y en tierra amiga. Yo nunca había estado en Uruguay. Sentíamos una mezcla de júbilo, esperanzas y curiosidad.
Por suerte Julio tenía algo de dinero uruguayo lo que nos permitió pagar al bar y tomar un ómnibus de la empresa COT hacia Montevideo. Fueron varias horas en las que no pude dormir por la excitación y la alegría que me embargaba. Llegamos a la estación terminal, en una simpática plaza que se llamaba Cagancha y preguntamos donde quedaba el Departamento de Policía.
Nos habían aconsejado que nos presentáramos de inmediato para solicitar asilo político. Fuimos atendidos de inmediato y muy amablemente, por un oficial cuyo nombre nunca olvidé: Cunningham, director del departamento de inteligencia, un señor! Unas horas después salíamos de la policía con cedula de identidad y residencia autorizada. Qué diferencia con la policía del otro lado del rio. De contentos parecía que teníamos alas en los pies. Éramos libres.
El pensamiento de nuestros padres y seres queridos, así como el de nuestros queridos compañeros encarcelados y torturados nos había acompañado siempre. Y ahora, desde Montevideo podríamos hablarles y tranquilizarlos sobre nuestro destino y paradero.
Julio habló a su casa y yo a la mía, enterándonos que los esbirros de la policía todavía estaban en nuestros hogares. Hasta cuándo?
Tomamos contacto con los uruguayos. No los conocíamos. Parecían argentinos, pero eran más discretos y amables. Nos abrían los brazos, con generosidad y sin preguntas.
Traíamos instrucciones de contactar a mi colega, el presidente el centro de estudiantes de derecho de la Universidad de Montevideo. Nos encontramos en un café frente a la facultad, con Claudio Williman, un rubio alto y jovial quien fraternalmente nos ofreció toda su ayuda. Nos acompañó a Radio Carve, para cuyo dueño yo traía una carta de presentación, mojada, pero aún legible. Era del padre de mi amigo, el gordo González Zaín, dirigente de la Asociación Interamericana de Radiodifusión, para su par Raúl Fontaina. Fue otro recibimiento cálido y muy predispuesto. Nos presentó al subdirector de la radio, quien luego sería buen amigo, Enrique De Feo. Café por medio, hizo llamar a otro argentino, Augusto Bonardo quién ya estaba trabajando de locutor y productor en la emisora y le pidió que con la gran experiencia que traía de Radio Splendid argentina me preparara para trabajar en la radio. Mi compañero de ruta, Julito Passerón, pensaba dar clases de inglés y francés que dominaba a la perfección. Todo lo que estoy contando sucedía durante nuestro primer día en Montevideo.
Bonardo nos llevó a la pensión donde él vivía, en la calle Rio Branco, justamente al lado del consulado de la República Argentina. Alquilamos una habitación, con desayuno, almuerzo y cena incluidos. Radio Carve nos salió de garantía porque no teníamos dinero. El desayuno era café con leche, pan y manteca y arroz con leche; el almuerzo, ensalada, algo más y arroz con leche. A la noche, una entrada y arroz con leche. Creo que comí arroz con leche para toda la vida.

LA RADIO

Bonardo compartía su cuarto con un periodista deportivo, también argentino, Pastor Carrizo, que todos los años relataba la clásica Vuelta Ciclista del Uruguay por CX 24 La Voz del Aire. Nos juntábamos para practicar locución y la técnica del micrófono. Ensayaba colocar la voz y a pronunciar con claridad. No tenía una gran voz, pero si era culta y hasta agradable. Aprendí algo que no olvidé jamás y que muchos locutores de hoy debieran saber. Es normal la tendencia a bajar la voz al decir la última palabra de una oración dejando que el micrófono se coma el sonido. La solución es acentuar con decisión la última sílaba de la última palabra. Y me dio resultado.
Comencé como redactor de los noticieros de la radio deportiva CX 24 La Voz del Aire que funcionaba en el subsuelo del edificio. Cada media hora bajaba a leer lo que había escrito. La redacción estaba situada al lado del bar de la radio, separada por una pared vidriada, de modo que éramos testigos involuntarios de todo el movimiento del bar. Allí conocí a personas importantes del mundo de la radio, tales como Mariano Mores, Edmundo Rivero, Wimpi, Héctor Coire, Santiago Arrieta, Jorge Sobral y los uruguayos Juan Carlos Mareco (Pinocho), Juan Casanova, Donato Raciatti y su cantante Nina Miranda. Aún hoy, sigo pensando que Nina Miranda fue la mejor cantante de tangos que escuché en mi vida. Era un poco gordita y muy hermosa de cara. Para gran disgusto de Raciatti, un buen día abandonó a su marido y se fugó con el pianista de la orquesta. Justo para la letra de un tango.
De pronto, con Julio y otros exilados, tomamos conciencia de nuestra situación. Habíamos tenido que salir del país, forzados por circunstancias políticas, imprevistamente, sin tiempo de pensarlo ni reflexionar. Nos dimos cuenta de nuestro desamparo, a pesar de las ayudas y el cariño uruguayo Más que el tema de los recursos materiales, la angustia era más emocional. Se había producido un corte radical en nuestras vidas que costó mucho esfuerzo superar. Los nuevos amigos, el nuevo trabajo, nuevos hábitos, nuevo ambiente, poco a poco, desplazaban el reciente pasado y creaban las condiciones del triste desarraigo. Los amigos de Buenos Aires empezaron a ser amigos a la distancia. Me los robó el exilio y el tiempo. Nunca los recuperé. Pero también soy culpable, porque ocupado en la acción política y en la lucha cotidiana a mi regreso a la Argentina no los busqué, hasta encontrarlos como debí haber hecho. Ya es tarde. O se han ido de este mundo o estarán listos para reprocharme mi olvido.
Mamá, cuando podía, por intermedio de alguien que viajaba, me enviaba algunos dólares, que en buena parte se los llevaba la pensión. Me gustaba la experiencia periodística y hacía bien mi trabajo Al poco tiempo, el jefe del servicio, Pedro Puig, me asignó a la redacción y locución de algunos noticieros de la hermana mayor, Radio Carve, que entonces tenía la mayor audiencia del país.
Los noticieros más importantes de C X 16 Radio Carve a las 13 y a las 21 horas, estaban a cargo de Omar de Feo, prestigioso periodista que hizo época en Uruguay. Y yo tenía a mi cargo los que le seguían en importancia, a las 12, a las 20 y 22 horas y la síntesis de la medianoche.
Cuando no tenía servicio en la radio, algunas noches, después de comer liviano, nos reuníamos varios compañeros exilados en el histórico café “Tupi Nambá” que como tantos otros íconos del Montevideo antiguo, la piqueta, sin piedad, los demolió. Éramos jóvenes unidos por una misma pasión en esos años en que el tiempo está para gastarlo. Entre otras figuras de la política y de la cultura uruguaya allí tomaban café y charlaban sin prisas, el político blanco Haedo, el director del semanario “Marcha”, Dr. Quijano o el gran crítico de cine Alsina Thevenet.
En Radio Carve conocí a un exquisito poeta folklórico argentino que cumplía una gira artística. Admiraba su “Amanecida” o “Zamba para no morir”. Era nada menos que Hamlet Lima Quintana. Leí y admiré sus poesías como mi preferida “Gente”
GENTE
Hay gente que con sólo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales;
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otra zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente que con solo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas,
que con solo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.
Hay gente que con solo abrir la boca
Llega hasta todos los límites del alma,
Alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después como si nada.

Y uno se va de novio con la vida,
desterrando una muerte solitaria
pues sabe que a la vuelta de la esquina
hay gente que es así, tan necesaria.

Otro hombre muy importante que conocí y fue mi amigo y maestro en radio, fue un peruano exilado que un día recaló, como yo, en la generosa CX 16, Radio Carve de Montevideo. Fué Hugo Guerrero Marthineitz un sabio de la radio. Hasta entonces, el silencio en radio era un pecado. Si por alguna razón los locutores hacíamos lo que se llamaba “un bache” de inmediato, un llamado de la dirección, siempre en escucha, nos preguntaba qué pasó. Hugo nos enseñó que el silencio, como en la música, es una nota y que tiene un valor. Le daba valor al silencio, creaba expectativa, aumentaba el interés, era un silencio que hablaba. El oyente llenaba el silencio con su imaginación. Hugo tenía una hermosa voz grave y sonora y comenzaron a buscarlo para grabar anuncios. Uno de ellos, recuerdo, era para Naranja Crush. No cantaba, ni recitaba, pero musicalizaba el fraseo de las palabras. Era una técnica que nunca escuché en otro profesional.[1]
En sociedad con Augusto Bonardo organizamos una gira por varias ciudades del interior de Uruguay promocionando todos los productos de la Fábrica Uruguaya de Alpargatas, cuya publicidad estaba a mi cargo. Viajábamos en un ómnibus, nosotros como directores y administradores y el elenco artístico. En otro ómnibus, dos ayudantes, los telones y la escenografía. Un día se nos quedó empantanado un ómnibus en medio del campo y allí bajamos todos, en ropa interior a empujar hasta sacarlo del barro. Un arroyo cercano nos sirvió para lavarnos y seguir adelante. Dormíamos en hoteles baratos y comíamos sándwiches, pero todo lo tomábamos con buen humor. Las funciones lograron su objetivo promocional para las marcas. Fueron dos semanas de un poco de sacrificio pero también de amistad y diversión.


[1] Hugo Guerrero falleció de pobreza y de tristeza el 21 de julio de este 2010

FUBA y LA REVOLUCION

FUBA


Al regreso de Europa me esperaba en Buenos Aires un clima de descontento estudiantil, con medidas del Ministerio de Educación y la falta de libertad en el gobierno de Perón. A comienzos de 1951 fuimos invitados a varias reuniones en las que convergían militares, políticos, algunos sindicalistas y dirigentes estudiantiles, agrupados en la Federación Universitaria de Buenos Aires, conocida por FUBA. Se conspiraba y se hablaba de revolución. Nuestro Centro de Estudiantes era vigilado por policías en la puerta y agentes de civil que presenciaban, sin ser invitados, nuestras reuniones y asambleas. La FUBA decidió crear un comité secreto de emergencia para conducir la acción estudiantil del cual formé parte por mi militancia y por ser presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho.[1]
La comisión directiva que yo presidía la integraban grandes compañeros que después fueron eminentes argentinos, como el historiador Félix Luna, el embajador Roberto Etchepareborda, Alcides Pérez Gallart, Milo Gibaja, Edmundo Eichelbaum, Issay Klasse y otros. Eichelbaum fue el último de ellos con quien estuve conversando, en la madrugada del día anterior a la fuga. Issay despertó mi gusto por la música clásica, haciéndome escuchar en su casa “Tocatta y Fuga” de Bach” y me descubrió al gran pintor Petorutti mostrándome y describiéndome un cuadro que colgaba en su habitación.
La picazón de la política me ocupaba y absorbía. Éramos estudiantes de diversas ideologías: pero mayoría de centro-izquierda: radicales, socialistas, demócratas, comunistas e independientes. Estaban próximas las elecciones de 1946 para presidente de la república y la opinión se polarizaba entre la coalición de la Unión Democrática con la formula Tamboríni-Mosca y el surgente general Perón con un viejo radical, converso, que tenía el pintoresco nombre de Hortensio Benjamín Quijano, como vicepresidente.
A pesar que la Unión Democrática contaba con el apoyo de los diarios y las radios, (aun no había televisión) Perón, triunfó. Tanto era el deseo de cambio que tenia la gente en Argentina.
El gobierno de Perón había encarcelado al diputado nacional Ricardo Balbín, presidente de la Unión Cívica Radical, el más importante partido opositor y al cual yo pertenecía. Organizamos un agresivo reclamo, pidiendo su libertad, coordinando actos “relámpago” en esquinas importantes del centro de la ciudad, a las que nos citábamos y convocábamos secretamente. Entonces todavía no había internet ni emails. Cuando llegaba la policía, nos dispersábamos rápidamente mezclándonos con los transeúntes. Poco tiempo después Balbín fue puesto en libertad. Me sentía un revolucionario. Muchos años después leí: “Si a los 18 no eres revolucionario, no tienes corazón, pero si a los 40 sigues siendo revolucionario, no tienes cabeza”
Cuando murió Perón, Balbín dio una lección de grandeza al despedirlo en nombre de la Unión Cívica Radial, dijo- “Un viejo adversario viene a despedir a un amigo”.
Cuántos amaneceres nos encontraron en la mesa del café de Las Heras y Pueyrredón, conversando, discutiendo y planeando para una mejor Argentina y un mundo feliz. A veces venía a la mesa algún político de los que admirábamos como el reformista Gabriel del Mazo.[2] Los escuchábamos con atención, en largas noches de connivencia intelectual.

LA REVOLUCION

Avanzaba la conspiración antiperonista. La primera reunión del comité de emergencia de la Federación Universitaria Argentina fue en la ciudad de Córdoba, histórica cuna de la Reforma Universitaria. Por unanimidad decidimos sumarnos al movimiento revolucionario que, ya sabíamos, sería encabezado por el General Menéndez.
El Dr. Miguel Ángel Zabala Ortiz, diputado nacional que después fue Ministro de Relaciones Exteriores, era uno de nuestros contactos políticos. Nos pidieron organizar una volanteada masiva en varios pueblos del gran Buenos Aires, simultánea con otras acciones de grupos antiperonistas y los gremios ferroviarios en huelga. Salimos una noche fría de principios de agosto de 1951 en el automóvil de José Luis Azarola Saint, hijo del agregado cultural de Uruguay en la Argentina. En el grupo, además de Azarola, venían Félix Luna, Felipe Lunardello y Emilio Gibaja.[3]
Cruzando la estación de tren de José Luis Suarez en los alrededores de Buenos Aires, nos sorprendió la policía. Pudimos escapar pero, alcanzaron a tomar el número de la chapa del auto. Pronto descubrieron a quien pertenecía. Esa misma madrugada la policía allanó la casa de Azarola. El episodio terminó con la carrera diplomática del papá de mi compañero que era un gran señor al que yo admiraba y sentí mucho haberle causado ese gran disgusto. Probablemente fue uno de los primeros desencuentros entre la diplomacia de Uruguay y Argentina.
La policía obtuvo los nombres de todos nosotros; las casas fueron allanadas y todos apresados excepto yo. Cuando la policía fue a buscarme a mi casa, en Olivos, no me encontraron porque yo había ido a Avellaneda donde se reunía la convención nacional de la Unión Cívica Radical para elegir la fórmula presidencial en las próximas elecciones. Muy tarde llamé a casa para darles la noticia a mis padres de que se había elegido la formula Balbín –Frondizi y me atendió una voz extraña. Pensando que me había equivocado, volví a llamar y esta vez me atendió mamá con una voz temblorosa en la que descubrí que la policía ya estaba allí. Alcancé a enviarle un beso y decirle que no se preocupara y corté antes que pudieron descubrir de donde llamaba. Subí al estrado de la reunión y le informe al Dr. Ricardo Balbín. Ahí se puso en marcha toda una red de protección cuyo cerebro era el Dr. Arturo Frondizi y que ya estaba funcionando con otros perseguidos. El primer lugar de escondite fue la casa de un dirigente del partido, el Dr. Ricardo Berri, conocido médico en La Plata. Siguieron otros domicilios de inolvidables amigos como Bernardo Larroudet, Mariano Wainfeld y Alberto Candiotti, De un lugar a otro siempre me trasladaba Raúl Gargione, el valiente y fiel chofer de Frondizi. A todos ellos, mi recuerdo y mi homenaje.
Tuve orden de captura desde el 2 de agosto de 1951 hasta febrero de 1954 en que fue levantada por el juez federal Francisco Menegazzi.
Mi situación se agravó porque mis compañeros detenidos, ante las presiones y torturas, se pusieron de acuerdo para asignarme a mí la mayor responsabilidad del hecho. Hicieron muy bien, pero eso agravó mi situación y me buscaban con ahincó.[4]
Ante el peligro de mi apresamiento Frondizi decidió que me fuera al Uruguay. El primer paso fue viajar a Entre Ríos. Lo hicimos junto a otro compañero de los grupos antiperonistas, Julio Passerón, estudiante de 5º. Año y dirigente estudiantil de la Facultad de Filosofía y Letras. Llegamos a la ciudad de Paraná donde nos recibió el hermano del diputado nacional Raúl Uranga. Nos llevó por una noche a una quinta en las afueras de la ciudad y al día siguiente pasamos a manos del senador provincial Dr. Emilio Poitevín quien nos ubicó en una chacra en Villaguay, pequeña ciudad en la costa del rio Uruguay.
Ya habían pasado dos semanas desde que comenzaron mis peripecias y seguía vestido de político, con traje y sobretodo azul, camisa blanca, que ya era gris y medias, zapatos y sombrero negros. Lo menos apropiado para esas peripecias. Un día, caminamos hasta un pequeño arroyo cercano, nos desnudamos, lavamos toda la ropa y la tendimos al sol. Que ridículos pareceríamos atravesando el campo con esa arrugada ropa ciudadana.
Dormíamos bajo un techo de chapas, sin paredes. Los murciélagos, volaban raudos, a nuestro alrededor toda la noche.
El dueño de la chacra, don Cristóbal Nogueira, era hombre de campo, entrerriano de pura cepa A Julio y a mí nos gustaba conversar con ese viejo radical. En nuestro aburrimiento, empezamos a notar que el castellano de don Cristóbal tenía visos un poco clásicos, era casi un castellano antiguo y había cierta musicalidad en sus frases lacónicas. Era un campesino y un señor.
Una mañana, don Cristóbal nos despertó con una rosa en cada mano, de parte de su mujer. Nos pedía disculpas, pero quería que nos fuéramos porque estaba en plena menopausia, muy nerviosa y asustada por nuestra presencia. Un poco avergonzado, nos llevo en su viejo sulki a otro destino en nuestra fuga. Era una pequeña casilla en la costa del rio Uruguay, refugio de pescadores cuando había mal tiempo. Teníamos unas latas con salchichas, unas galletas y un bidón con agua. Como en casi todos nuestros escondites, el ir al baño era siempre a cielo abierto, en pleno campo .Ya nos habíamos acostumbrado.
La tercera noche llovía fuerte cuando alguien golpeó la puerta. Era Ramón, el pescador a quien le habían encomendado que nos cruzara a Uruguay. Nos dijo que esa noche era la oportuna porque con la tormenta sería más fácil eludir la vigilancia de las lanchas de la prefectura argentina. Embarcamos en su bote isleño, con casco en forma de V y Ramón nos hizo acostar en el fondo, angosto y mojado.
Silenciosamente, empezó a remar hacia la vecina orilla. Cada vez que la pala del remo salía del agua, el viento desparramaba el agua que empapaba cada más mi traje y mi sobretodo
El pescador remaba en sesgo para enfrentar la fuerte corriente que lo tiraba río abajo. El ancho del río era de unos ochocientos metros pero tardamos más de una hora en la travesía. La oscuridad era total, nos manteníamos en silencio, no sé si porque nos los había pedido Ramón o porque el frío nos enmudecía. No recuerdo si en algún momento, durante el cruce, tuvimos miedo. Creo que no.


[1] Encuentros, Félix Luna, pag.451
[2] El movimiento de la reforma universitaria se inició en la universidad nacional de Córdoba en 1918, liderada por Deodoro Roca, Arturo Orgaz y otros líderes estudiantiles. Se extendió luego a otras universidades del país y de América Latina. Entre sus principios se encuentran la autonomía universitaria, el cogobierno, la periodicidad de las cátedras, y los concursos de oposición y antecedentes.

[3] Frente al horror de la picana, Félix Luna,. La Nación .Buenos Aires  pag,9, 14/2/2005

[4] Promediados los cuarenta, José Luis de Imaz, pag.89.

miércoles, 7 de marzo de 2012

FUBA, LA REVOLUCION

FUBA

Al regreso de Europa me esperaba en Buenos Aires un clima de descontento

estudiantil, con medidas del Ministerio de Educación y la falta de libertad en el gobierno

de Perón. A comienzos de 1951 fuimos invitados a varias reuniones en las que

convergían militares, políticos, algunos sindicalistas y dirigentes estudiantiles, agrupados

en la Federación Universitaria de Buenos Aires, conocida por FUBA. Se conspiraba y se

hablaba de revolución. Nuestro Centro de Estudiantes era vigilado por policías en la

puerta y agentes de civil que presenciaban, sin ser invitados, nuestras reuniones y

asambleas. La FUBA decidió crear un comité secreto de emergencia para conducir la

acción estudiantil del cual formé parte por mi militancia y por ser presidente del Centro de

Estudiantes de la Facultad de Derecho.


La comisión directiva que yo presidía la integraban grandes compañeros que

después fueron eminentes argentinos, como el historiador Félix Luna, el embajador

Roberto Etchepareborda, Alcides Pérez Gallart, Milo Gibaja, Edmundo Eichelbaum, Issay

Klasse y otros. Eichelbaum fue el último de ellos con quien estuve conversando, en la

madrugada del día anterior a la fuga. Issay despertó mi gusto por la música clásica,

haciéndome escuchar en su casa “Tocatta y Fuga” de Bach” y me descubrió al gran

pintor Petorutti mostrándome y describiéndome un cuadro que colgaba en su habitación.

La picazón de la política me ocupaba y absorbía. Éramos estudiantes de diversas

ideologías: pero mayoría de centro-izquierda: radicales, socialistas, demócratas,

comunistas e independientes. Estaban próximas las elecciones de 1946 para presidente

de la república y la opinión se polarizaba entre la coalición de la Unión Democrática con

la formula Tamboríni-Mosca y el surgente general Perón con un viejo radical, converso,

que tenía el pintoresco nombre de Hortensio Benjamín Quijano, como vicepresidente.

A pesar que la Unión Democrática contaba con el apoyo de los diarios y las

radios, (aun no había televisión) Perón, triunfó. Tanto era el deseo de cambio que tenia la

gente en Argentina.

El gobierno de Perón había encarcelado al diputado nacional Ricardo Balbín,

presidente de la Unión Cívica Radical, el más importante partido opositor y al cual yo

pertenecía. Organizamos un agresivo reclamo, pidiendo su libertad, coordinando actos

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Encuentros, Félix Luna, pag.451

“relámpago” en esquinas importantes del centro de la ciudad, a las que nos citábamos y

convocábamos secretamente. Entonces todavía no había internet ni emails. Cuando

llegaba la policía, nos dispersábamos rápidamente mezclándonos con los transeúntes.

Poco tiempo después Balbín fue puesto en libertad. Me sentía un revolucionario. Muchos

años después leí: “Si a los 18 no eres revolucionario, no tienes corazón, pero si a los 40

sigues siendo revolucionario, no tienes cabeza”

Cuando murió Perón, Balbín dio una lección de grandeza al despedirlo en nombre

de la Unión Cívica Radial, dijo- “Un viejo adversario viene a despedir a un amigo”.

Cuántos amaneceres nos encontraron en la mesa del café de Las Heras y

Pueyrredón, conversando, discutiendo y planeando para una mejor Argentina y un mundo

feliz. A veces venía a la mesa algún político de los que admirábamos como el reformista

Gabriel del Mazo.
12 Los escuchábamos con atención, en largas noches de connivencia

intelectual.

LA REVOLUCION

Avanzaba la conspiración antiperonista. La primera reunión del comité de

emergencia de la Federación Universitaria Argentina fue en la ciudad de Córdoba,

histórica cuna de la Reforma Universitaria. Por unanimidad decidimos sumarnos al

movimiento revolucionario que, ya sabíamos, sería encabezado por el General

Menéndez.

El Dr. Miguel Ángel Zabala Ortiz, diputado nacional que después fue Ministro de

Relaciones Exteriores, era uno de nuestros contactos políticos. Nos pidieron organizar

una volanteada masiva en varios pueblos del gran Buenos Aires, simultánea con otras

acciones de grupos antiperonistas y los gremios ferroviarios en huelga. Salimos una

noche fría de principios de agosto de 1951 en el automóvil de José Luis Azarola Saint,

hijo del agregado cultural de Uruguay en la Argentina. En el grupo, además de Azarola,

venían Félix Luna, Felipe Lunardello y Emilio Gibaja.
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Cruzando la estación de tren de José Luis Suarez en los alrededores de Buenos

Aires, nos sorprendió la policía. Pudimos escapar pero, alcanzaron a tomar el número de

la chapa del auto. Pronto descubrieron a quien pertenecía. Esa misma madrugada la

policía allanó la casa de Azarola. El episodio terminó con la carrera diplomática del papá

de mi compañero que era un gran señor al que yo admiraba y sentí mucho haberle

causado ese gran disgusto. Probablemente fue uno de los primeros desencuentros entre

la diplomacia de Uruguay y Argentina.

La policía obtuvo los nombres de todos nosotros; las casas fueron allanadas y

todos apresados excepto yo. Cuando la policía fue a buscarme a mi casa, en Olivos, no

me encontraron porque yo había ido a Avellaneda donde se reunía la convención

nacional de la Unión Cívica Radical para elegir la fórmula presidencial en las próximas

elecciones. Muy tarde llamé a casa para darles la noticia a mis padres de que se había

elegido la formula Balbín –Frondizi y me atendió una voz extraña. Pensando que me

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El movimiento de la reforma universitaria se inició en la universidad nacional de Córdoba en 1918,

liderada por Deodoro Roca, Arturo Orgaz y otros líderes estudiantiles. Se extendió luego a otras

universidades del país y de América Latina. Entre sus principios se encuentran la autonomía

universitaria, el cogobierno, la periodicidad de las cátedras, y los concursos de oposición y antecedentes.

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Frente al horror de la picana, Félix Luna,. La Nación .Buenos Aires pag,9, 14/2/2005

había equivocado, volví a llamar y esta vez me atendió mamá con una voz temblorosa en

la que descubrí que la policía ya estaba allí. Alcancé a enviarle un beso y decirle que no

se preocupara y corté antes que pudieron descubrir de donde llamaba. Subí al estrado de

la reunión y le informe al Dr. Ricardo Balbín. Ahí se puso en marcha toda una red de

protección cuyo cerebro era el Dr. Arturo Frondizi y que ya estaba funcionando con otros

perseguidos. El primer lugar de escondite fue la casa de un dirigente del partido, el Dr.

Ricardo Berri, conocido médico en La Plata. Siguieron otros domicilios de inolvidables

amigos como Bernardo Larroudet, Mariano Wainfeld y Alberto Candiotti, De un lugar a

otro siempre me trasladaba Raúl Gargione, el valiente y fiel chofer de Frondizi. A todos

ellos, mi recuerdo y mi homenaje.

Tuve orden de captura desde el 2 de agosto de 1951 hasta febrero de 1954 en

que fue levantada por el juez federal Francisco Menegazzi.

Mi situación se agravó porque mis compañeros detenidos, ante las presiones y

torturas, se pusieron de acuerdo para asignarme a mí la mayor responsabilidad del

hecho. Hicieron muy bien, pero eso agravó mi situación y me buscaban con ahincó.
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Ante el peligro de mi apresamiento Frondizi decidió que me fuera al Uruguay. El

primer paso fue viajar a Entre Ríos. Lo hicimos junto a otro compañero de los grupos

antiperonistas, Julio Passerón, estudiante de 5º. Año y dirigente estudiantil de la Facultad

de Filosofía y Letras. Llegamos a la ciudad de Paraná donde nos recibió el hermano del

diputado nacional Raúl Uranga. Nos llevó por una noche a una quinta en las afueras de la

ciudad y al día siguiente pasamos a manos del senador provincial Dr. Emilio Poitevín

quien nos ubicó en una chacra en Villaguay, pequeña ciudad en la costa del rio Uruguay.

Ya habían pasado dos semanas desde que comenzaron mis peripecias y seguía

vestido de político, con traje y sobretodo azul, camisa blanca, que ya era gris y medias,

zapatos y sombrero negros. Lo menos apropiado para esas peripecias. Un día,

caminamos hasta un pequeño arroyo cercano, nos desnudamos, lavamos toda la ropa y

la tendimos al sol. Que ridículos pareceríamos atravesando el campo con esa arrugada

ropa ciudadana.

Dormíamos bajo un techo de chapas, sin paredes. Los murciélagos, volaban

raudos, a nuestro alrededor toda la noche.

El dueño de la chacra, don Cristóbal Nogueira, era hombre de campo, entrerriano

de pura cepa A Julio y a mí nos gustaba conversar con ese viejo radical. En nuestro

aburrimiento, empezamos a notar que el castellano de don Cristóbal tenía visos un poco

clásicos, era casi un castellano antiguo y había cierta musicalidad en sus frases

lacónicas. Era un campesino y un señor.

Una mañana, don Cristóbal nos despertó con una rosa en cada mano, de parte de

su mujer. Nos pedía disculpas, pero quería que nos fuéramos porque estaba en plena

menopausia, muy nerviosa y asustada por nuestra presencia. Un poco avergonzado, nos

llevo en su viejo sulki a otro destino en nuestra fuga. Era una pequeña casilla en la costa

del rio Uruguay, refugio de pescadores cuando había mal tiempo. Teníamos unas latas

con salchichas, unas galletas y un bidón con agua. Como en casi todos nuestros

escondites, el ir al baño era siempre a cielo abierto, en pleno campo .Ya nos habíamos

acostumbrado.

La tercera noche llovía fuerte cuando alguien golpeó la puerta. Era Ramón, el

pescador a quien le habían encomendado que nos cruzara a Uruguay. Nos dijo que esa

noche era la oportuna porque con la tormenta sería más fácil eludir la vigilancia de las

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Promediados los cuarenta, José Luis de Imaz, pag.89.

lanchas de la prefectura argentina. Embarcamos en su bote isleño, con casco en forma

de V y Ramón nos hizo acostar en el fondo, angosto y mojado.

Silenciosamente, empezó a remar hacia la vecina orilla. Cada vez que la pala del

remo salía del agua, el viento desparramaba el agua que empapaba cada más mi traje y

mi sobretodo

El pescador remaba en sesgo para enfrentar la fuerte corriente que lo tiraba río

abajo. El ancho del río era de unos ochocientos metros pero tardamos más de una hora

en la travesía. La oscuridad era total, nos manteníamos en silencio, no sé si porque nos

los había pedido Ramón o porque el frío nos enmudecía. No recuerdo si en algún

momento, durante el cruce, tuvimos miedo. Creo que no.