Mi refugio

Mi refugio
Alborada

miércoles, 7 de marzo de 2012

FUBA, LA REVOLUCION

FUBA

Al regreso de Europa me esperaba en Buenos Aires un clima de descontento

estudiantil, con medidas del Ministerio de Educación y la falta de libertad en el gobierno

de Perón. A comienzos de 1951 fuimos invitados a varias reuniones en las que

convergían militares, políticos, algunos sindicalistas y dirigentes estudiantiles, agrupados

en la Federación Universitaria de Buenos Aires, conocida por FUBA. Se conspiraba y se

hablaba de revolución. Nuestro Centro de Estudiantes era vigilado por policías en la

puerta y agentes de civil que presenciaban, sin ser invitados, nuestras reuniones y

asambleas. La FUBA decidió crear un comité secreto de emergencia para conducir la

acción estudiantil del cual formé parte por mi militancia y por ser presidente del Centro de

Estudiantes de la Facultad de Derecho.


La comisión directiva que yo presidía la integraban grandes compañeros que

después fueron eminentes argentinos, como el historiador Félix Luna, el embajador

Roberto Etchepareborda, Alcides Pérez Gallart, Milo Gibaja, Edmundo Eichelbaum, Issay

Klasse y otros. Eichelbaum fue el último de ellos con quien estuve conversando, en la

madrugada del día anterior a la fuga. Issay despertó mi gusto por la música clásica,

haciéndome escuchar en su casa “Tocatta y Fuga” de Bach” y me descubrió al gran

pintor Petorutti mostrándome y describiéndome un cuadro que colgaba en su habitación.

La picazón de la política me ocupaba y absorbía. Éramos estudiantes de diversas

ideologías: pero mayoría de centro-izquierda: radicales, socialistas, demócratas,

comunistas e independientes. Estaban próximas las elecciones de 1946 para presidente

de la república y la opinión se polarizaba entre la coalición de la Unión Democrática con

la formula Tamboríni-Mosca y el surgente general Perón con un viejo radical, converso,

que tenía el pintoresco nombre de Hortensio Benjamín Quijano, como vicepresidente.

A pesar que la Unión Democrática contaba con el apoyo de los diarios y las

radios, (aun no había televisión) Perón, triunfó. Tanto era el deseo de cambio que tenia la

gente en Argentina.

El gobierno de Perón había encarcelado al diputado nacional Ricardo Balbín,

presidente de la Unión Cívica Radical, el más importante partido opositor y al cual yo

pertenecía. Organizamos un agresivo reclamo, pidiendo su libertad, coordinando actos

11
Encuentros, Félix Luna, pag.451

“relámpago” en esquinas importantes del centro de la ciudad, a las que nos citábamos y

convocábamos secretamente. Entonces todavía no había internet ni emails. Cuando

llegaba la policía, nos dispersábamos rápidamente mezclándonos con los transeúntes.

Poco tiempo después Balbín fue puesto en libertad. Me sentía un revolucionario. Muchos

años después leí: “Si a los 18 no eres revolucionario, no tienes corazón, pero si a los 40

sigues siendo revolucionario, no tienes cabeza”

Cuando murió Perón, Balbín dio una lección de grandeza al despedirlo en nombre

de la Unión Cívica Radial, dijo- “Un viejo adversario viene a despedir a un amigo”.

Cuántos amaneceres nos encontraron en la mesa del café de Las Heras y

Pueyrredón, conversando, discutiendo y planeando para una mejor Argentina y un mundo

feliz. A veces venía a la mesa algún político de los que admirábamos como el reformista

Gabriel del Mazo.
12 Los escuchábamos con atención, en largas noches de connivencia

intelectual.

LA REVOLUCION

Avanzaba la conspiración antiperonista. La primera reunión del comité de

emergencia de la Federación Universitaria Argentina fue en la ciudad de Córdoba,

histórica cuna de la Reforma Universitaria. Por unanimidad decidimos sumarnos al

movimiento revolucionario que, ya sabíamos, sería encabezado por el General

Menéndez.

El Dr. Miguel Ángel Zabala Ortiz, diputado nacional que después fue Ministro de

Relaciones Exteriores, era uno de nuestros contactos políticos. Nos pidieron organizar

una volanteada masiva en varios pueblos del gran Buenos Aires, simultánea con otras

acciones de grupos antiperonistas y los gremios ferroviarios en huelga. Salimos una

noche fría de principios de agosto de 1951 en el automóvil de José Luis Azarola Saint,

hijo del agregado cultural de Uruguay en la Argentina. En el grupo, además de Azarola,

venían Félix Luna, Felipe Lunardello y Emilio Gibaja.
13

Cruzando la estación de tren de José Luis Suarez en los alrededores de Buenos

Aires, nos sorprendió la policía. Pudimos escapar pero, alcanzaron a tomar el número de

la chapa del auto. Pronto descubrieron a quien pertenecía. Esa misma madrugada la

policía allanó la casa de Azarola. El episodio terminó con la carrera diplomática del papá

de mi compañero que era un gran señor al que yo admiraba y sentí mucho haberle

causado ese gran disgusto. Probablemente fue uno de los primeros desencuentros entre

la diplomacia de Uruguay y Argentina.

La policía obtuvo los nombres de todos nosotros; las casas fueron allanadas y

todos apresados excepto yo. Cuando la policía fue a buscarme a mi casa, en Olivos, no

me encontraron porque yo había ido a Avellaneda donde se reunía la convención

nacional de la Unión Cívica Radical para elegir la fórmula presidencial en las próximas

elecciones. Muy tarde llamé a casa para darles la noticia a mis padres de que se había

elegido la formula Balbín –Frondizi y me atendió una voz extraña. Pensando que me

12
El movimiento de la reforma universitaria se inició en la universidad nacional de Córdoba en 1918,

liderada por Deodoro Roca, Arturo Orgaz y otros líderes estudiantiles. Se extendió luego a otras

universidades del país y de América Latina. Entre sus principios se encuentran la autonomía

universitaria, el cogobierno, la periodicidad de las cátedras, y los concursos de oposición y antecedentes.

13
Frente al horror de la picana, Félix Luna,. La Nación .Buenos Aires pag,9, 14/2/2005

había equivocado, volví a llamar y esta vez me atendió mamá con una voz temblorosa en

la que descubrí que la policía ya estaba allí. Alcancé a enviarle un beso y decirle que no

se preocupara y corté antes que pudieron descubrir de donde llamaba. Subí al estrado de

la reunión y le informe al Dr. Ricardo Balbín. Ahí se puso en marcha toda una red de

protección cuyo cerebro era el Dr. Arturo Frondizi y que ya estaba funcionando con otros

perseguidos. El primer lugar de escondite fue la casa de un dirigente del partido, el Dr.

Ricardo Berri, conocido médico en La Plata. Siguieron otros domicilios de inolvidables

amigos como Bernardo Larroudet, Mariano Wainfeld y Alberto Candiotti, De un lugar a

otro siempre me trasladaba Raúl Gargione, el valiente y fiel chofer de Frondizi. A todos

ellos, mi recuerdo y mi homenaje.

Tuve orden de captura desde el 2 de agosto de 1951 hasta febrero de 1954 en

que fue levantada por el juez federal Francisco Menegazzi.

Mi situación se agravó porque mis compañeros detenidos, ante las presiones y

torturas, se pusieron de acuerdo para asignarme a mí la mayor responsabilidad del

hecho. Hicieron muy bien, pero eso agravó mi situación y me buscaban con ahincó.
14

Ante el peligro de mi apresamiento Frondizi decidió que me fuera al Uruguay. El

primer paso fue viajar a Entre Ríos. Lo hicimos junto a otro compañero de los grupos

antiperonistas, Julio Passerón, estudiante de 5º. Año y dirigente estudiantil de la Facultad

de Filosofía y Letras. Llegamos a la ciudad de Paraná donde nos recibió el hermano del

diputado nacional Raúl Uranga. Nos llevó por una noche a una quinta en las afueras de la

ciudad y al día siguiente pasamos a manos del senador provincial Dr. Emilio Poitevín

quien nos ubicó en una chacra en Villaguay, pequeña ciudad en la costa del rio Uruguay.

Ya habían pasado dos semanas desde que comenzaron mis peripecias y seguía

vestido de político, con traje y sobretodo azul, camisa blanca, que ya era gris y medias,

zapatos y sombrero negros. Lo menos apropiado para esas peripecias. Un día,

caminamos hasta un pequeño arroyo cercano, nos desnudamos, lavamos toda la ropa y

la tendimos al sol. Que ridículos pareceríamos atravesando el campo con esa arrugada

ropa ciudadana.

Dormíamos bajo un techo de chapas, sin paredes. Los murciélagos, volaban

raudos, a nuestro alrededor toda la noche.

El dueño de la chacra, don Cristóbal Nogueira, era hombre de campo, entrerriano

de pura cepa A Julio y a mí nos gustaba conversar con ese viejo radical. En nuestro

aburrimiento, empezamos a notar que el castellano de don Cristóbal tenía visos un poco

clásicos, era casi un castellano antiguo y había cierta musicalidad en sus frases

lacónicas. Era un campesino y un señor.

Una mañana, don Cristóbal nos despertó con una rosa en cada mano, de parte de

su mujer. Nos pedía disculpas, pero quería que nos fuéramos porque estaba en plena

menopausia, muy nerviosa y asustada por nuestra presencia. Un poco avergonzado, nos

llevo en su viejo sulki a otro destino en nuestra fuga. Era una pequeña casilla en la costa

del rio Uruguay, refugio de pescadores cuando había mal tiempo. Teníamos unas latas

con salchichas, unas galletas y un bidón con agua. Como en casi todos nuestros

escondites, el ir al baño era siempre a cielo abierto, en pleno campo .Ya nos habíamos

acostumbrado.

La tercera noche llovía fuerte cuando alguien golpeó la puerta. Era Ramón, el

pescador a quien le habían encomendado que nos cruzara a Uruguay. Nos dijo que esa

noche era la oportuna porque con la tormenta sería más fácil eludir la vigilancia de las

14
Promediados los cuarenta, José Luis de Imaz, pag.89.

lanchas de la prefectura argentina. Embarcamos en su bote isleño, con casco en forma

de V y Ramón nos hizo acostar en el fondo, angosto y mojado.

Silenciosamente, empezó a remar hacia la vecina orilla. Cada vez que la pala del

remo salía del agua, el viento desparramaba el agua que empapaba cada más mi traje y

mi sobretodo

El pescador remaba en sesgo para enfrentar la fuerte corriente que lo tiraba río

abajo. El ancho del río era de unos ochocientos metros pero tardamos más de una hora

en la travesía. La oscuridad era total, nos manteníamos en silencio, no sé si porque nos

los había pedido Ramón o porque el frío nos enmudecía. No recuerdo si en algún

momento, durante el cruce, tuvimos miedo. Creo que no.

miércoles, 29 de febrero de 2012

España y el regreso

ESPAÑA


Al encontrarnos con papá en la estación de Madrid, nos fundimos en un tierno y largo abrazo; llorábamos y reíamos de alegría y emoción. Lo había extrañado. Tenía admiración por él. No sé si he heredado alguna de sus virtudes. Era alegre y conversador, simpático, más sonriente que serio, generoso y solidario. Hacía meses que no nos veíamos y pasamos horas poniendo al día nuestras vidas; mis 23 años y los 64 de papá. Aunque en aquella época no había la confianza y la intimidad de hoy; nos queríamos sin decírnoslo.
Nos hospedamos en una pensión de la calle De las Carretas, muy cerca de la Plaza del Sol. A la mañana, la muchacha de la limpieza me dijo “Señorito, hábleme usted un poco, que me gusta tanto su acento” Me hizo mucha gracia, pero tomé conciencia de que nosotros hablábamos un español diferente. Sobre todo en el ritmo y el acento; hablábamos más suave. Luego de algunos días en Madrid, del Museo del Prado y otras bellezas, entre las cuales se encontraba el sabroso jamón de Jabugo, partimos en un pequeño bus, de dos pisos, hacia la tierra de nuestros antepasados, en Galicia. Elegimos el piso de arriba para tener mejor vista de los paisajes. Mucho tiempo recorrimos la llamada carretera real, bordeada de castaños en flor. Con nosotros viajaban las campesinas con bolsas de patatas, gallinas, pavos y lechoncitos, cada uno con sus respectivos sonidos.
Llegamos a La Coruña y nos sorprendió una preciosa ciudad, con edificios de galerías vidriadas que le ganaron el nombre de “tacita de cristal”. Paramos en un pequeño hotel, frente a la plaza de María Pita, nombre de una heroína coruñesa. Y, desde luego visitamos la Torre de Hércules que alberga el faro en funcionamiento más antiguo del mundo. Probamos con papá y nos gustó, el “carajillo” que es café negro con unas gotas de aguardiente de orujo. Sigo aficionado a él, pero como no tengo ese aguardiente lo reemplazo con un buen brandy español o un coñac francés.
Al día siguiente tomamos un pequeño bus hacia el pueblo de los abuelos. Elegimos viajar en los asientos de arriba del ómnibus para tener mejor visón del paisaje, acompañados por las campesinas, de pañuelo atado a la cabeza y variados bolsos. Transitamos la llamada carretera real, también bordeada por grandes castaños. A lo largo del camino divisamos algunos “Pazos” que son mansiones señoriales en el campo, que eran residencias de los antiguos nobles. Descendimos donde nos indicaron, frente a un caminito que no era más que una huella por el que caminamos más de dos horas al sol , hasta una modesta aldea de pocas casas, que se llamaba San Juan Seoane de Abajo. Supe que en la zona, hace siglos, hubo un marqués, don Juan Antonio de Seoane con su respectivo castillo y como era costumbre sus súbditos solían tomar su apellido Ese puede haber sido el origen del nombre que me dió mi padre. Las casas tenían paredes construidas con enormes piedras, nadie sabía cuándo Se entraba por la cocina y al lado, separado por un pequeño muro, estaba el corralito que albergaba a la vaca, la chiva y algunas gallinas con su gallo. Luego supe que el calor de los animales, en invierno, calentaba el piso de arriba que era todo dormitorio. La cocina, “eira” en gallego, era también la sala de estar. No había muebles, los asientos eran de piedra y arriba, en el dormitorio, se extendía de lado a lado, un largo alambre del cual se colgaban las pocas ropas de la familia. La casa era de mi tío abuelo “Toño”, hermano de mi abuelo Juan y con papá no logramos saber desde que época lejana estaba construida
El viejo Toño no manejaba moneda y todo lo hacía por trueque. Por ejemplo, cambiaba granos por cuero para hacerse sus ojotas. Una economía muy simple. Se tomaba sus buenos vinos y una noche, se equivocó y en vez de ir para la puerta enfiló hacia la ventana y como no era más que una abertura, pasó de largo, cayó y se mato. Murió en su ley. Eso fue poco después de nuestra visita.
En ese pueblo de mis antepasados conocí a mi prima Antonia, simpática y cantarina. Tuvimos la suerte que en esos días se celebraban la fiesta anual de “Os Janeiros” Los botes llegaban desde Betanzos a la ría vecina, engalanados de flores y los vecinos bajaban a comer y beber, cantar y bailar durante tres días seguidos. Con Antonia bailamos sin descanso las jotas y muñeiras gallegas, tan alegres y divertidas. Esa sí que fue una fiesta! Papá practicaba hablar gallego que le encantaba y estaba feliz! Mirarlo gozar de su Galicia, a mí también me hacía feliz.
 En casa del tío Toño comíamos siempre lo mismo: caldo gallego. Era con porotos, patatas, nabos y versas (una especie de repollo gallego) y grasa de unto. Un día, en una de las caminatas que hacíamos con Antonia, descubrí, con alegría, un maizal. Cuando le dije porqué no le ponían maíz al caldo se rió mucho y dijo que eso era solo para los puercos. Yo insistí y para complacerme, le pusieron unos choclos al caldo. Tomó un poco más de gusto, pero los granos eran duros, incomibles.
Llego el momento de irnos y a San Juan Seoane de Arriba nunca llegamos ni conocimos, tan bien lo pasamos abajo. Fue una triste despedida de esa familia sencilla y montañesa que papá nunca volvería a ver.Seguimos en tren hacia otros pueblos. En la estación de Padrón papá se acordó que era donde había nacido la gran poetisa gallega Rosalía de Castro y quiso bajar a conocer la casa que quedaba a metros de la estación. Tan fascinado estaba él y tan distraído yo que no advertimos la partida del tren. El jefe de la estación llamó a la próxima parada para que nos guardaran el equipaje y nos quedamos en Padrón varias horas, hasta el próximo tren. Nos teníamos apuro y papá se entretenía recitando los famosos cantares gallegos de Rosalía, de los que recuerdo una frase: “Airiños, airiños ay! /Airiños da miña terra”. Llegamos a Pontevedra, visitamos su famoso museo y después seguimos hacia el Ferrol del Caudillo, donde nació el dictador Franco que gobernaba España y otra vez en camino hasta la fascinante Santiago de Compostela. Esa ciudad majestuosa es el destino final del “Camino de Santiago” peregrinación católica que se realiza todos los “Años Santos”. En 1993, cuarenta y tres años después, hicimos con Norma ese histórico camino del que ya contaré, pero, no caminando sino en auto, por la simple razón de que nuestras piernas, ya con bastantes años de uso, no nos hubieran llevado. Recuerdo sus callecitas angostas, los grandes soportales y sus pequeñas ventanas a través de las cuales, varias veces, vimos colgada la foto de la argentina Eva Duarte que mandó barcos de trigo a España, cuando pasaban hambre. Casi sin excepción las mujeres vestían de negro, cumpliendo largos años de luto por sus muertos, algunos desde la época de la cruenta guerra civil fratricida, que duró cuatro años y terminó en 1939. Sus quesos cónicos son riquísimos y famosos. Llegamos a la inmensa catedral. Nos impresionó. Está edificada sobre las sucesivas iglesias y monasterios que resguardaron la tumba del Apóstol Santiago. Su impresionante nave tiene una cuadra de largo. Nos sentamos en un banco, absortos y silenciosos.

La casa de Rosalía


EL REGRESO


De Santiago de Compostela papá se fue a La Coruña y se quedó unas semanas en casa de sus primos, los Varela, parientes lejanos de aquel legendario general Varela de la toma del Alcázar, cuando la guerra civil. Yo tomé el tren a Vigo para embarcarme de regreso a la Argentina.
La salida del barco “Salta” de la flota mercante argentina estaba demorada una semana pero la empresa naviera nos pagaba el alojamiento por esos días. En el hotel nos conocimos con otro pasajero, Jacques Perriaux, eminente aunque joven abogado y profesor universitario Con él visitamos los restaurantes de las Cuevas de la Ría de Vigo y subimos al Monte Castro, que parecía un balcón atrevido asomado al océano Atlántico. Lo que más disfrutábamos con Jack era ir a esperar a los pescadores y comer las sardinas recién llegadas, asadas en las pequeñas parrillas del puerto, acompañadas por el vino gallego “del Ribeiro”.
El viaje a Buenos Aires, fue menos divertido pero más intelectual, gracias a las largas charlas en cubierta en las que desbordaba la admirable cultura de Perriaux. Leí uno de los estudios que había realizado en París respecto al estilo gótico y la Catedral de Nôtre Dame. Durante el viaje, trabajaba en un ensayo sobre Cervantes y el Quijote.
Volviendo a los años más jóvenes, cuento que nunca fui muy amigo del alcohol pero en la época en que jugaba al rugby, nadaba y jugaba tenis en el Club Arquitectura tomábamos wisky, disimulado en una taza de té porque el “coach” nos vigilaba. Una noche de fin de año, tuve una mala experiencia. Todo el grupo de amigos tomamos bastante y bailamos hasta el amanecer. Mamá me había regalado un lindo traje azul claro, cruzado, que estrenaba esa noche. Saliendo del club, caminábamos cantando, muy alegres, hasta que yo perdí el equilibrio, di un resbalón y caí en una zanja al costado de la vereda. Salí, avergonzado y embarrado, pero riendo. Volví al club, me lavé como pude y me quedé al sol hasta que el traje se secó un poco. Llegué a casa al mediodía del primero de año y afronté el disgusto y el reto de mamá. Fue mi primera y última borrachera.
Era un fumador liviano, no más de un paquete diario de cigarrillos rubios, comenzando a escondidas a los quince años. Un día de 1969, yendo en auto a esquiar a Bariloche, cuando me ofrecieron un cigarrillo lo rechacé porque iba a tratar de mantener limpios mis pulmones y tener más oxigeno, necesario en la altura. No fumé por catorce días y cuando volví a Buenos Aires seguí sin fumar, hasta el día de hoy. Me preguntan cómo hice. Esbocé la teoría de que el placer que puede dar un vicio puede remplazarse por otro placer mayor, como, por ejemplo la pasión por un deporte.

martes, 20 de diciembre de 2011

Freddy, Lucila y Paris.


FREDDY


Estando en la estancia “La Brava” de la familia Paz Anchorena, en Mar del Plata, mi querido amigo Freddy y su hermano mayor, Pepe, se pusieron a jugar, cada uno con una lancha, haciéndose olas en la laguna. En una mala maniobra, se chocaron: Freddy se golpeó y cayó al agua; lo encontraron ahogado tres días después. Me enteré estando en Punta del Este y volé a Buenos Aires para su velatorio y su entierro en la bóveda de la familia, en Olivos. Perder a mi entrañable amigo Freddy; fue un gran dolor en mi juventud. Lo sentía un hermano y como tal lo lloré.
 

 

LUCILA


En un viaje al pueblo de Lujan de donde era el Eduardo, (Milo) Gibaja, compañero en la directiva del centro de estudiantes, conocí a su hermana Lucila, bailarina de ballet moderno y alumna de la famosa Cecilia Ingenieros. Ella fue mi primer amor y mi primera pareja. Siempre que podía la acompañaba a sus ensayos de baile para admirarla. Me hacía cargo de poner la música. Un día me dio la mala noticia de que la habían invitado y becado para un curso de ballet moderno en Madrid. Intenté desistirla, pero partió. Fue el primer golpe fuerte a mi corazón. Lloré su ausencia y busqué consuelo en el regazo comprensivo de mamá, pero, finalmente, me decidí a ir a Europa tras ella. Vendí mi amada moto Norton 500 y mi parte en un velero, clase cadete, que teníamos con Freddy y con Luis Basabilbaso, compañero de la facultad y me embarqué en el barco “Corrientes” de la flota mercante argentina.
 Era el mes de junio de 1950, bautizado por Perón, como el Año del Libertador José de San Martín. Tenía 23 años. Viajé en clase económica, en un modesto camarote interno, con cuatro cuchetas que ocupábamos con mi compañero de viaje “Cacho” Di Lorenzo y dos italianos que iban a visitar a sus familias en Italia .Cacho fue mi mejor amigo del barrio de Olivos. A media cuadra de mi casa, estaba la farmacia de sus padres Francisco “Pancho” Di Lorenzo y su esposa Lola. Los sábados nos sentábamos a jugar al póker con la familia Di Lorenzo y otro amigo, el sastre del barrio. Jugábamos desde las diez de la noche hasta el mediodía del domingo y nos fumábamos y tomábamos todo. Hoy lo pienso y lo repudio. Tal vez por el recuerdo de tantas horas de sueño perdidas sin gracia, hoy no me gustan los juegos de cartas y me niego sistemáticamente a participar aún de la ingenua canasta a la que me invitan Norma y sus hermanas en los inviernos de Punta del Este .Tampoco nunca me dejé tentar por los casinos y sus juegos, ni en Mar del Plata, ni en Las Vegas, ni en Punta del Este.
Ya en el barco, conocí a una deliciosa chilena, Eliana Mella Guerra que viajaba con sus padres. Pasábamos el tiempo muy entretenidos en los salones o en cubierta y habíamos formado un alegre grupo joven.
Entre las chicas había una brasileña, que se llamaba Iraci que en el idioma de los indios Tamoios significa labios de miel. Tuve el placer de saborear su dulzura. Evidentemente yo era un poco casquivano y en la inmensidad del mar, comenzó a perder fuerza la imagen de mi primer amor. Me olvidé de Lucila; sin embargo, cuando un día, en Punta del Este, muchos años después, su hermano Milo me dijo que Lucila había muerto, la lloré, muy conmovido.
Tuve la suerte de conocer en el barco a doctor Manlio Fusco, simpático abogado de Nápoles que hablaba un culto y melodioso idioma italiano. Le conté mi episodio con su idioma en el último año del colegio nacional y la linda profesora a la que le miraba las piernas .Le hizo mucha gracia y se ofreció a que yo leyera en italiano y él me corregía la pronunciación. Me encanto la idea y así pasaba con él las horas en que no estaba divirtiéndome con el grupo joven. Cuando hicimos escala en Lisboa se bajo para visitar al heredero del trono de Italia de quien era amigo y que estaba exilado en Estoril.
Papa nos esperaba en Nápoles, le conté de la amistad que había hecho con el doctor Fusco y aceptamos su invitación de visitarlo en el “piccolo Palazzo “de los Fusco en el vecino pueblo de Massalubrense. Era una hermosa villa con un gran patio de naranjos que papa admiró. Desde la terraza se divisaba la isla de Capri. La mama del doctor Fusco nos recibió con mucho cariño y pasamos un día muy feliz.
Papa se fue a España y yo me sumé al grupo de la familia de Eliana. Hicimos juntos las primeras excursiones a Capri, Sorrento y Pompeya. Una noche pudimos ir al famoso Teatro San Carlos. Mi amigo Cacho; era músico, buen ejecutante de clarinete y se asombró ante la maravillosa acústica de esa sala. Era un junio caluroso en Italia, pero con Eliana éramos como pájaros felices cantando nuestra juventud.
Roma nos introdujo en la historia de Italia y de la humanidad. La ciudad de Rómulo y Remo y de la loba que los alimentó, fue fascinante. El Foro Romano, el Moisés de Miguel Ángel y la Capilla Sixtina, Bernini y la Piazza San Pietro, el Vaticano, museos; cuánta historia, cuánto arte y cuánta belleza; no parábamos, siempre acompañando a Eliana y familia. Subíamos y bajábamos las escalinatas de Piazza Spagna, y nos uníamos a la heterogénea juventud, celebrando la vida. Ese rincón romano tiene algo especial que hace que uno pueda quedarse horas, mirando el cielo, las buganvillas floridas o a la gente, como hipnotizado. Una noche festejamos los dólares recién recibidos y cenamos en el restaurante Sabattini, frente a una antigua iglesia iluminada, en el famoso barrio del Trastébere. Fueron días muy felices hasta el momento de la despedida de Eliana y su amable familia. Nos hicimos promesa de reencontrarnos en París.
Seguimos recorriendo Italia hacia el norte, con la ilusión de encontrar a Lucila que estaba bailando en Venecia. Pero cuando llegamos a la romántica ciudad de los canales, Lucila había regresado a Madrid. Fue un amargo desencuentro, pero, esta vez, no me rompió el corazón. Con mi compañero Cacho Di Lorenzo, caminábamos las callejuelas de Venecia sin descanso y subíamos y bajábamos sus pequeños puentes, con los ojos bien abiertos frente a tanta elegante antigüedad e historia. Venecia era mágica pero también era secreta y nuestros días no fueron suficientes para llegar a descubrir su embrujo. Conocimos el teatro de La Fenice que muchos años después se incendió. Nos inclinamos ante el Puente de los Suspiros y supimos que los suspiros no eran de amor y sino de los condenados a muerte que por allí pasaban.
Escuchábamos a los pintorescos gondoleros cantándole a las parejas que alquilaban los románticos paseos por los canales A veces los dólares se demoraban y estábamos muy preocupados. Los reclamos del estómago eran más fuertes que el romanticismo. Me acuerdo que el último día en Venecia, sentados en la escalera de un puente, solo comimos bananas. Ni soñaba entonces que algún, día casado con mi Norma, comeríamos en Cipriani´s y tomaríamos “Bellinis” en la plaza San Marcos.
De Venecia nos fuimos a Paris, en tren tercera clase. Los asientos eran muy duros pero se compensaba con los cambiantes paisajes y la heterogénea y modesta compañía. Algunos italianos cantaban, otros comían la merienda que habían llevado. Una señora amable, a nuestro lado, nos invitó con un sándwich de jamón casero, que fue delicioso y muy oportuno. Que gente linda! Con la generosidad del humilde.

PARIS


De pronto estábamos en París. Que ilusión!
La famosa Ciudad Luz nos deslumbró y nos embriagó de arte, historia y poesía. Nos alojamos en un modesto y simpático hotel del barrio de Montparnase por los primeros días, hasta que fuimos a la ciudad universitaria a visitar al director del pabellón argentino, recientemente inaugurado Era un gran señor De Ridder, para quien yo tenía una carta de presentación. Nos concedió alojamiento gratis, por todo el mes de julio, en una habitación grande y cómoda del segundo piso, con vista a los hermosos jardines. Debajo de nosotros, cada mañana, una avanzada estudiante de piano nos deleitaba al despertar con sus ensayos, La Cité Universitaire estaba en las afueras de Paris, pero el Metró nos dejaba muy cerca.
Nos reencontramos con Eliana. Con ella subí, entusiasmado hacia lo más alto de la torre Eiffel. Caminábamos, descubríamos rincones, tomábamos cafecitos en las sillas de la vereda a la sombra de los toldos, o nos sentábamos en bancos de los parques a conversar y robarnos algún beso. Pero Eliana se fue, y esa vez fue para siempre. Tiempo después alguien me dijo que se había casado en Chile con un médico, discípulo de su padre que era un famoso cirujano.

Estábamos en Paris para la celebración de la histórica fecha patria del 4 de julio. En alegre grupo nos fuimos al atardecer a participar de la fiesta popular. Acercándonos, todavía lejos del escenario, de pronto una guitarra y una voz me estremecieron. Me pareció reconocer a nuestro argentino Atahualpa Yupanqui. Y cuando llegamos si, era él. Que emoción -¡“Yo no le canto a la luna, porque alumbra nada mas, le canto porque ella sabe de mi largo caminar”. Cacho y yo nos abrazamos llorando.
Siempre estábamos muy cortos de dinero. Nos mandaban periódicamente unos dólares que esperábamos con impaciencia y angustia. Generalmente comíamos en el comedor de la Cité, donde el plato más económico era anguila frita. A mí me gustaba y me recordaba cuando con papá las pescábamos de sus cuevas en los bordes de las zanjas de la “Alborada” en el arroyo Guayracá. Aprendí a pelarlas, colgándolas de la cabeza y tirando de la piel resbaladiza hasta dejar su carne desnuda. Mama las cocinaba, muy ricas, encebolladas, Quien me diría que pocos años después la estaría comiendo, casi a diario, en Paris. Algunas noches, para ahorrar, nos comprábamos un cucurucho de papel, lleno de papas fritas, acompañadas con ciruelas secas como postre. Era suficiente.
La ciudad universitaria cerraba por vacaciones en agosto, así que con Cacho tuvimos que mudarnos. Encontramos un pequeño hotel en el Barrio Latino, sobre la Rue Souflot, casi esquina con el famoso Blvd. Saint Michel o Buv. Mich, como después aprendimos a llamarlo. Era un quinto piso, sin ascensor, pero era barato que era lo que nos importaba. En el dormitorio teníamos una piletita lavamanos y un bidet. El baño era común a varias habitaciones y para bañarse debíamos avisar a la encargada que llenara de agua la bañera porque no había ducha. Esta facilidad se pagaba aparte, por lo que demás está decir que no nos bañábamos todos los días.
Una noche fuimos a un concierto de Jacqueline Francois. Cantó “Les Feuilles Mortes” que estaba de moda; hermosa canción cuya letra aún recuerdo:” O! Je voudrais tant que tú te souviennes/ des jours heureux où nous etions amis/ en ce temps –là la vie était plus belle/ et le soleil plus brûlant qu´aujourd’hui………..”
La radio nos deleitaba con Edith Piaf, Jean Sablon e Ives Montand. Escuchar a esos admirados cantantes, además del grato placer, nos acostumbraba el oído al idioma y a la mejor pronunciación.
Me gustaba perderme caminando por los barrios de París, mirado hacia arriba, a terrazas y cúpulas y adelante, a los portales y las esquinas con placas recordatorios de la guerra, los maquis y los fusilados en las diversas etapas de la historia de Paris, hasta que, cansado, buscaba el banco de un parque o un bar, si tenía unos francos disponibles .Una tarde fui al cementerio de Montparnasse donde es muy fácil perderse de tan extenso que es con sus callecitas y. senderos con lapidas y flores a cada lado. Allí reposan los restos de Jean Paul Sartre y Simone de Bauvoir, de Charles Baudelaire y tantos intelectuales y artistas franceses e internacionales. Esta Cesar Vallejo, el peruano que ya había escrito:” Me moriré en Paris con aguacero, un día del cual ya tengo el recuerdo” y esta nuestro Julio Cortázar, junto a su última mujer Carol Dunlop.       
Me encantaba caminar las callecitas de la Ilhe St. Louis, en el Sena. Pensaba si algún día me sería dado vivir por un tiempo allí. Quien vivió sus últimos años esa isla soñada, con su mujer Laura Escalada, fue el gran músico y compositor Astor Piazolla. A Laura la conocí siendo locutora del programa “La Feria de la Alegría”, en mis épocas de televisión en Canal 13 y después se casó con mi amigo Milo Gibaja y al poco tiempo se divorciaron. Laura era una gran mujer, destacada profesional y fue abnegada compañera de Astor hasta el final.
Aunque mi compañero Cacho no era muy amante de la noche, cuando podíamos, salíamos. Paseábamos por la ribera del Sena y nos parábamos en medio de los puentes a contemplar el paso lento de las barcazas. Pero mi lugar favorito, al que el casto Cacho no me acompañaba era un cabaret que se llamaba “Le Ciel” en el barrio de “Pigalle”. Cuando supieron que era argentino, las “señoritas”de la casa me pidieron que les enseñara a bailar tango, lo que yo hacía bastante bien y me retribuían invitándome con una copas del rico Pernod, un fuerte licor anisado que apenas probé me gustó. Si se hacía tarde y perdía el último Metro, nos quedábamos charlando para esperar el primer tren de la mañana. Muchas veces volví a París, pero nunca fue lo mismo. Como tampoco yo era el mismo.
Mi idioma francés había mejorado y me permitía sostener una conversación liviana y cuando mis pobres finanzas me lo permitían caminaba hasta Saint Germain y me sentaba en el Café de Flore con la esperanza de ver Jean Paul Sartre y Francoise Sagan que eran frecuentes parroquianos. A veces, cansado de mis caminatas, me sentaba a leer, en un banco del Parc Monceau, mí preferido, porque había menos gente que en el gran Parque de Luxemburgo.
El profesor de la Sorbona nos aconsejo que visitáramos la biblioteca Sainte-Genevieve. Fuimos varios los que nos asombramos desde la entrada, por enorme, inmensamente rica en contenido, lujosamente bella y muy organizada. La caminamos en silencio con admiración y sana envidia. ¿Porque no figura en la mayoria de los itinerarios turisticos de Paris?   



En algunos días pocos días en que me atacaba la tristeza o la soledad, mi refugio era la Sainte- Chápele, la conmovedora Capilla Real de la Ilhe de la Cité, obra cumbre del período gótico en el siglo XIII con sus asombrosos vitraux que la inundaban de luz y color. Me sentaba en paz y era uno más en la devoción por la Virgen María a quien la capilla estaba dedicada.


Cacho Di Lorenzo ya se había vuelto a Buenos Aires y para mí llegó el momento de abandonar París y viajar a Madrid para encontrarme con papá. Por suerte el pasaje, de segunda, ya lo tenía. En el viaje, repasaba mis días de París y pensaba si algún día podría volver. El tren cruzaba media Francia y media España. Fue un viaje un poco cansador, en asientos incómodos, pero fascinante. Me bebía el paisaje que siempre cambiante, pasaba rápido ante mis ojos curiosos que buscaban archivarlos en la memoria.